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Serie Cuaresma. Capítulo VIII: «Simón y Verónica se acercan a Jesús». Por Luis Homes

«Yo solo lo ayudo con su cruz – respondió…»

Simón y Verónica se acercan a Jesús

La primera caída de Jesús llevando la cruz fue como un taladro que penetró a lo más profundo de mi alma y conmovió las fibras más íntimas de mi ser. La cruz era demasiada pesada para ese hombre azotado, con su espalda ya castigada a fuerza de latigazos forrados con clavos. Los pasos del sufriente ya iban marcados por la sangre que destilaba a cuentagotas por todo su cuerpo.  

Mi perrita Rosaura, inquieta, intranquila, corría veloz de un lado a otro, daba vueltas en círculos, iba de arriba a abajo de la calle del calvario,  como buscando ayuda para esa víctima de la crueldad y el martirio.  

Un hombre alto, robusto, con porte de soldado veterano y aguerrido, se compadeció de aquel grotesco espectáculo y se acercó a Jesús, le dijo algo al oído y el asintió con la cabeza. Después supimos que ese hombre se llamaba Simón de Cirinea. Simón abrazó a Jesús y le pidió que se apartara de la cruz,  cargó con el pesado madero y caminó unos pocos pasos. Jesús, sin embargo, no se apartó de su cruz. La abrazaba,  pero ahora desde la parte inferior menos pesada, mientras agarraba fuerzas. Simón avanzó un poco en el camino hasta que unos soldados que andaban  en la procesión, le gritaron:

– Deje solo a ese hombre que la condena es para él y no es para Usted.  

– Yo solo lo ayudo con su cruz – respondió Simón intentando seguir a paso mas rápido, mientras Jesús intentaba detenerlo para volver a cargar la cruz.  

Tres soldados se acercaron y le dieron una patada a Simón en el abdomen. Él se dobló del dolor y cayó al piso.  Jesús quiso auxiliarlo pero un soldado le jalo con fuerza el pelo, lo escupió y le dio instrucciones que continuara.    Jesús recuperó la cruz en silencio y continuó la trayectoria. Simón quedó para la historia como el único hombre que ayudó a Jesús con su cruz.  

Jesús continuaba su ruta en medio de un sol inclemente. De pronto se le acercó una mujer.  Ella no era lo suficientemente fuerte para ayudarle. Era pequeña, casi diminuta, insignificante para la magnitud de la tragedia. Pero a todas luces, valiente para colarse entre los soldados custodios. Luego supimos que se llamaba Verónica. Su rostro reflejaba angustia pero con templanza.  Contenía sus ganas de llorar. Verónica se quitó un velo largo de sus hombros y empezó a secar el rostro de Jesús. El, conmovido por ese gesto  de solidaridad y amor, movía suavemente su rostro, dejando que su sudor,  lágrimas y sangre, quedaran impregnados  en el velo. Jesús disfruto por segundo sde las caricias del velo y se sintió con fuerzas para continuar.  

Nuevamente se acercaron los soldados. Esta vez con las intenciones de detener a Verónica. Pero ella, ágil como una abeja, logró escapar. En sus manos y apretando con todas sus fuerzas, llevaba el velo con el sudor, las lágrimas y la sangre de Jesús. Lo conservo como un testimonio para la historia.

Luis Homes