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ESCLAVITUD. Por Marcelo Jesús Moreno Mendoza

ESCLAVITUD

Esta será la única prueba, de que alguna vez existí, nací esclavo en esta vida, y por la misma razón no tuve acceso a la educación, no sé leer, muchos menos escribir, y mi hablar es igual de torpe, pero el cumplir con mi labor, me hizo ganarme el corazón de buenas personas, que hicieron de mi esclavitud algo menos riguroso, incluso, una de esas personas se ofreció a escribir mi historia, ahora que ya estoy en mi vejez, y ya dejé de ser un esclavo útil.


«Nacido en uno de los países más ricos del mundo, y al servicio eterno de uno de los apellidos más poderosos, no conocería otra vida que no sea el trabajo duro y la mala “paga” de mis dueños, ellos realmente nos vendían los alimentos que trabajamos con tanto esfuerzo. La familia para la que servía, me colocó trabajos pesados desde que tenía uso de razón, y se intensificaron aún más, cuando pusieron a mi cuidado, a la única hija que tenían, era menor que yo por unos años, y me ordenaron protegerla siempre que estuviera presente, tal vez como castigo por lo que mi madre no pudo hacer, ya que a ella la habían colocado como niñera hasta que tuvo cierta edad, luego la mandaron a trabajar tan duro como las demás esclavas. Sé que esa muchacha no disfrutaba de mi presencia, y me veía como un estorbo que nunca la dejaba divertirse, puesto que varias veces me lo dijo directamente, pero no tenía de otra, siempre que le daba su espacio, los padres me terminaban castigando con fuertes azotes que me destrozaban la piel en mi espalda, y aún así, me obligaban a continuar trabajando largas jornadas bajo el sol, eran de verdad personas despiadadas, sin embargo no podía quejarme, mi vida les pertenecía, sin yo haberlo decidido.

Esclavitud


Con el tiempo me fui haciendo más fuerte, y aprendí a realizar todas las labores que me pedían sin equivocarme, pero aún me mantenían con la obligación de cuidar a su hija, quien ya era toda una dama, las burlas y humillaciones de ella hacía mí, eran el pan de cada día, tristemente estas aumentaban cuando se reunía con sus amistades, yo terminaba siendo el objeto de malas miradas y fuertes burlas, sin embargo, aprendí de mi padre que debo guardar silencio y fortalecer mi mente, puesto que él también pasó por lo mismo que yo, y me enseñó de las cosas de las que eran capaces de hacer la familia.
Pasaron los años, y la dama terminó siendo desposada con uno de los hombres más crueles, sencillamente porque pertenecía a una familia tan influyente como lo eran ellos. Varias noches a la semana, escuchaba los llantos de la ahora señora, llantos producidos por la violencia de ese mujeriego, a quien nunca le interesó mostrar su verdadera apariencia. Para ese entonces, yo fui regalado a la mujer que protegía desde pequeño, vivíamos lejos de la casa donde se crió, sin embargo, en ocasiones me permitía viajar con ella a visitar a mi madre. En esas visitas, la veía cada vez más maltratada, hasta que me terminé enterando que era cruelmente golpeada por ellos, cada vez que el esposo de mi nueva dueña, era maltratada.


Esa misma noche, me prometí a mí mismo, que acabaría con el sufrimiento de mi madre, y así fue, apenas llegó el esposo de mi dueña, le pedí hablar con él, aunque su mirada hacia mí fue con absoluto desprecio, aceptó hablar conmigo en privado. Le pedí casi en llanto, que no maltratara más a su esposa, que todos esos golpes los dirigiera hacia mí, terminó accediendo con una sonrisa muy perversa, sentí mucho miedo, pero debía cumplir con mi palabra.
Recibía una golpiza casi a diario, pero la señora cada vez se veía más complacida y obtenía todos los caprichos que pedía, todo valió la pena, mi madre no siguió siendo maltratada.


Todo mi sufrimiento terminó hace unos pocos años, cuando mi cuerpo sucumbió por tanto castigo recibido, no me arrepiento en lo absoluto de mi promesa, puesto que gracias a ella, mi madre pudo estar tranquila hasta su lecho de muerte, y la vida de mi dueña mejoró, esa libertad que deseé a lo largo de mi vida, al fin la conozco el día de hoy, gracias joven amo, por cambiar el rumbo de esta familia, mis antepasados y yo, le agradecemos esta libertad que concede para nuestra descendencia, larga vida para usted y su anciana madre.»

Marcelo Jesús Moreno Mendoza