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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “XXIV. Las Flores”. Por Luis Enrique Homes

Flores

XXIV. Las Flores

En horas del mediodía llegó un vehículo de la Floristería a la casa de Rosa. Con mucha dificultad se bajó del vehículo el repartidor, y como pudo, sacó del vehículo Caprice un ramo inmenso de flores rojas. El hombre tocó la puerta varias veces y cuando ya le dolía el brazo de sostener el gigantesco ramo con las dos manos, Rosa abrió la puerta y el repartidor sin esperar palabras, le dijo:

  • Esto es para la señorita Andrea.
  • Pues se lo puede llevar porque ella no está esperando flores de nadie


E inmediatamente le tiró la puerta en las narices. El repartidor no supo qué hacer, llamó a la floristería y le dieron instrucciones que lo dejara en la casa del lado pues allí podría estar la destinataria. Tampoco tuvo éxito. Por el contrario, el repartidor se encontró al licenciado rumbo a la casa y este al ver el ramo rechazado, lo agarró, lo tiró al piso y con rabia, piso y pateo todas las flores en la acera, gritando: “Lo va a pagar bien caro la mocosa esta….nadie me ha rechazado nunca flores como estas”.
El licenciado hizo varias llamadas y luego de cada una de ellas, iba aumentando su rabia e impotencia. Andrea no contestaba el teléfono ni respondia los mensajes. Se encaminó a la casa de Rosa y toco la puerta con una fuerza e insistencia. Rosa abrió la ventana colonial y dijo: “No venga a buscar lo que no se le ha perdido. Andrea no está acá” y cerró la ventana con fuerza.
Al poco tiempo llegaron a la casa de Rosa como veinte hombres uniformados de policía, guardias nacionales armados, todos comandados por el licenciado. El encargado de la misión, un hombre alto, blanco, armado y con varias insignias en el uniforme, fue muy respetuoso con Rosa y le dijo:

  • Senora hay una denuncia del licenciado de que su hijo Omar está secuestrado por su mama y sospechamos que ellos estan aca. Queremos preguntarle si es así, o si nos permite entrar a su casa a revisarla.
  • Pues acá solo estoy yo – dijo Rosa con voz quebrada y temblando de miedo.
  • De todas maneras yo quiero pasar y revisar la casa – dijo el licenciado.


Y haciendo señas a un grupo de guardias nacionales, empujo la puerta con fuerzas. Entraron la mitad de ellos, revisaron la casa, movieron muebles, abrieron habitaciones y baños y no encontraron nada. El licenciado salió con el grupo de guardias, se acercó a Rosa en tono acusador y señalando con el dedo, le dijo:

  • Dígale a su hija malcriada que tiene que volver a la casa. Y si no quiere, pues que se vaya a la mierda pero que me devuelva a mi hijo.


Los oficiales salieron en cinco o seis vehículos, escoltando la camioneta del licenciado. Rosa se metió a la casa. Arregló como pudo los muebles desordenados, cerró las puertas y ventanas de todos los cuartos, se sentó en su mecedora en el patio central y se puso a rezar con voz temblorosa. La noche estaba cayendo.
Andrea, sospechando lo que podría pasar, había salido temprano de la casa de su mamá con Jacinta y el niño. Rosa no quiso llamarla por teléfono, pensando que podría haber algunos de los visitantes espiandola. Solo le escribió un mensaje de texto: “Mija, escóndase y cuídese. Omar está como un león herido y anda con guardias y policías buscandola”. Apretó su rosario, lo beso entre sus manos y continuó rezando.
Los oficiales intentaron hacer el mismo procedimiento en casa de Jacinta, pero allí nadie abrió la puerta. El licenciado parecía el Jefe del procedimiento y daba instrucciones a los guardias y policías que rodearan la casa dio instrucciones. Pero era evidente que allí no había nadie. Todos los vecinos atemorizados cerraron las puertas y ventanas. Esa noche, el pueblo aterrorizado, era todo encierro y terror. Buscaban a Andrea como si fuera una delincuente. Pero su amiga Jacinta había tenido una jugada más audaz que las habría salvado a las dos, de las severidades y castigo del licenciado, al menor por esta vez.

Luis Enrique Homes