Tres escritos de Manuel Rojas

Transitus FluviiTransitus Fluvii; el idioma de las brujas.
Transitus Fluvii significa literalmente «Pasar a través del río». Un nombre de ningún modo inadecuado para un alfabeto oculto.
El creador del Transitus Fluvii fue nada menos que el misterioso ocultista Cornelius Agrippa (1486-1535), quien ya había diseñado dos alfabetos crípticos de orden esoterista, el Alfabeto Celestial y el Malachim. El Transitus Fluvii fue diseñado alrededor de 1510, e incluido en su obra más conocida: De occulta philosophia libri tres (Sobre la filosofía oculta, libro tres), editado en 1533.Este enigmático idioma parece derivar del alfabeto hebreo, acaso en honor al cruce del Éufrates de la comunidad judía y su posterior asentamiento en Babilonia para reconstruir el templo.
Lo cierto es que fuera del ámbito ocultista «culto», por llamarlo de alguna forma; el Transitus Fluvii ganó una enorme popularidad entre las brujas.Son muchos los eruditos que lo mencionan, entre ellos, el Peculium Abrae, el Grammatica hebraea una cum latino; de Abraham de Balmis y en varios libelos de Geoffroy Tory, entre otros; pero su verdadera explosión se produjo de la mano de las brujas, quienes utilizaron el alfabeto de Transitus Fluvii para consignar sus maravillas.
Algunas conjeturas apuntan que en ciertas regiones de Europa las brujas utilizaron el Transitus Fluvii como una especie de lenguaje propio, una lengua franca, si se quiere, para comunicarse libremente entre ellas. Solo los grados superiores obtenían los conocimientos necesarios para manejar las intrincadas posibilidades del alfabeto, mientras que las iniciadas de menor rango debían conformarse con migajas morfológicas.
De este modo el Transitus Fluvii pasó a denominarse el lenguaje de las brujas, o el idioma de las brujas; un código secreto -aunque abierto a la interpretación- que servía para registrar no solo sus actividades sobrenaturales, sino asuntos propios de su organización social.
Manuel Rojas

PAISAJE CON MARIPOSAS Y ESPEJOS
(A Julyrma)
En mis largas caminatas por el bosque, tras la búsqueda de los duendes de Orión o de alguna estrella caída, encontré una población de mariposas en un estanque de piedra, vivas, relucientes, angelicales. Pensé en un antiguo harén del medio oriente, con ninfas celestes, o Nereidas, de una vida anterior. Pensé muchas cosas antes de acercarme al lugar donde estaban las mariposas, y cuando lo hice levantaron el vuelo y me rodearon, algunas se posaron en mi cabeza y otras en mis brazos y manos. Eran muchas y de variados colores, azules, verdes, moradas, y hasta blancas y negras, con rayas, pepitas, y corazones.
Amé ese instante de la vida y creí que no se iba a borrar ese pedazo de mi existencia en la historia de mis días. Recordé a la mariposa del desierto, a la mariposa y el lobo, a las mariposas de los templos de Buda, Krishna o Mahoma. Recordé a esa muchacha que, poseida por el alma de una mariposa azul, escribía versos en la niebla, en la pizarra del cielo raso de su casa del dragón rosado, de su noble espera por días mejores y momentos de encanto matinal.
Y ahí estaba, frente al espejo, a todos los espejos del universo, como una musa de los poetas de una vida sin tiempo ni destino signado por la Providencia.
Por la gracia de Dios y la poesía de los duendes del espejo, ella cantaba los versos de Orfeo, pero la mariposa azul de su sueño se extinguía ante el fuego.
Las mariposas se acercan a la llama sin prudencia alguna, y ésta las devora hasta desaparecerlas.
Mi mariposa azul sigue ahí, frente al espejo, contemplando su aura, sus ojos, su boca, mientras escucha en el viento una estrofa de un poema de Goethe que dice así:
No hay distancia que te aleje,
vienes volando hechizada
y, aunque la luz te protege,
mariposa, te has quemado.
La muchacha sonríe y el espejo miente, no, no estás ahí, estás ante la hoguera de su propia sombra, hecha poema, hecha ternura, como su sonrisa.
Manuel Rojas
Lobo de Papel

La Felicidad
Asumo la felicidad como un festín, una vida que emerge sobre las aguas de un río peligroso. Ser feliz es una fantasía, una sinfonía que se escucha en todas partes, una partitura de Mozart que se oye donde quiera que estás. La felicidad también emerge , es un delirio tal vez, una locura de chiquillos. El espejo sigue ahí, como una pared más de la casa, vigilando nuestros pasos, el último color de la sonrisa o la última cana que tiñe de blanco los días. Soy feliz y nadie lo sabe, porque vivo en una insoportable belleza de sonidos que me acompañan mientras pienso. Pienso y existo en un silencio que sólo yo entiendo, en una soledad que respiro con aroma a café recién colado en la casita donde nací por tercera vez, ahí, donde soy feliz…
Manuel Rojas
Lobo de papel