Letras

La calle con olor a caramelo.

 La calle con ese extraño olor a caramelo lo ocupaba todo. El viento, cual obrero,  esparcía su aroma, silencioso, respetuoso, como si su único oficio fuese perfumar dulce al mundo. Eran las seis de la tarde y el cielo gritaba en arreboles su despedida. Rojos, naranjas, amarillos, ocres, amalgamaban el espacio de sin pares colores. Era viernes y la vida comenzaba otra vez a contar su verdadera historia, esa que descorría el velo sin formulas ni horarios, que se desbocaba en el ímpetu del primer amor, que se hacía gigante después de la seis.

  Como cada tarde, y especialmente en viernes, recogía flores mientras caminaba por las aceras. Margaritas, cayenas, jazmines y una que otra rosa inesperada, formaban el particular equipaje, para la travesía que su corazón emprendía enamorado. Era viernes y la alegría le hacía  juego perfecto al fin de semana. Todas las sonrisas eran su sonrisa, todos los besos posibles esperaban su beso, era viernes y no había excusa.

  La imaginaba serena, pensativa, con ese especial misterio que encerraban su mirada y  silencio. La imaginaba esperándolo, envuelta en Borges y Silvio (extraña sincresis que la hacía inalcanzable), propia y de todos, simple y profunda, hermosa y frágil.

  Su corazón se desbocaba indómito en la medida que el extraño olor a caramelo se iba apoderando de todo, de los carros, de la gente, de las aceras, de los sueños, de la esperanza… de la tarde. De manera ligera  , como era su costumbre  , golpeo dos veces el pasador de la puerta contra la reja de metal , pronuncio el nombre de ella con el énfasis preciso que lo identificaba , espero veinte segundos exactos, mientras la imaginaba  abrir la puerta de tosca madera,  con su especial sonrisa de viernes . Pero no fue así, en su lugar el silencio y la ausencia se apersonaron en el portal. Volvió a tocar, esta vez con la imprecisión de la desesperanza,  y solo fue el silencio.

  Ensimismado, contrariado, desenhebrando sueños enredados, ajeno momentáneamente al persistente olor a caramelo, se sintió desubicado, perdido. Tomo entonces la vereda que conducía al parque y en una especie de sonambulismo, camino penitente, silencioso, dejando en cada paso una estela de margaritas, cayenas, jazmines y una que otra rosa. Con la mirada extraviada y un constante desasosiego en el pecho, tomo ¨la vereda de los amantes¨, esa que servía de refugio a las caricias clandestinas y a los besos desenfadados. Camino errante, sin percibir rostros ni besos ajenos, perturbando sin querer a los “Flechados de Cupido”.

  De pronto, sintió un dolor agudo, lacerante, que socavaba sus entrañas. Una sensación de vacío y soledad inenarrable, golpearon su humanidad… la mirada furtiva de aquellos especiales ojos negros se encontraron por segundos con los suyos, mientras un apasionado amante ajustaba a su pecho aquellos pechos que habían sido su desvelo.

  La tarde perdió el color. El viernes gasto sus horas en asincrónica arritmia. Su corazón, perdido y desencajado, víctima de sentimientos contrapuestos, maltrecho ante aquel improntus, se detuvo el tiempo suficiente para desoxigenar la memoria y permitirle torcer, hacia el este, el rumbo definitivo de su historia.

E.C.

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