Letras

«ANAÍS». Olimpio Galicia Gómez

(Imagen de 123RF)

ANAÍS


Cada tarde, después de su jornada de estudios en la Facultad, tomaba su bicicleta para recorrer los alrededores durante algo más de una hora. Con esta rutina deportiva mantenía todo su cuerpo en forma, y vaya qué forma! Conductores, peatones, comerciantes y residentes de las adyacencias, por donde acostumbraba realizar sus ejercitantes paseos, no perdían oportunidad de maravillarse todos los días ante esa monumentalidad que refrescaba la tarde a su paso sobre esa bicicleta. Para Anaís ya no eran extraños los contínuos accidentes de tránsito que se sucedían a consecuencia de la distracción y el embelesamiento de los conductores, quienes ante su presencia, se olvidaban que estaban al frente de un volante, hasta que ocurría el inevitable choque. Aquel jóven, se ubicaba a la misma hora en la esquina de siempre para mirar pasar rauda a aquella belleza. Disfrutaba como ninguno de aquel breve espectáculo que pasaba ante sus ojos. Algunas veces debía esperar algunos minutos de más, aunque la puntualidad de ella parecía inglesa, no obstante, cualquier espera valía la pena. Le deslumbraba el color y la forma. Se iba calle abajo soñando en poseerla, en montarla a su manera. Día tras día se convencía fervientemente que la suerte tenía que llegarle para poder estar cerca de ella. Mentalizaba, a cada momento, lo que debía decir y hacer cuando esto ocurriera. La suerte para él no se hizo esperar. El momento tan ansiado se le presentó, justo en una calurosa tarde, cuando en su acostumbrado cruce en la esquina, y al tratar de hacer un cambio de velocidad. la cadena de la bicicleta de la muchacha se salió del engranaje y fue necesario detenerse para reparar esta anormalidad. La ocasión no fue desperdiciada, en segundos y con la agilidad de un felino, el joven estuvo muy próximo a la hermosa muchacha. Al levantar el torso, la sorpresa de Anaís fue mayúscula, al ver la cara del joven tan cerca de la suya, con unos ojos que se le desorbitaban nerviosos y con un sudor copioso que emergía de todos sus poros. Trató de reaccionar y retirarse rápidamente, pero él la tomó fuertemente del brazo, sintió un objeto punzante que éste le puso en el bajo abdómen, al tiempo que le decía salpicándola: «es un atraco niña, me llevo la bicicleta». La empujó violentamente, mientras subía de un salto a la bicicleta huyendo a toda velocidad hasta perderse calle abajo.

Olimpio Galicia Gómez (Tomado del Libro PERSONAJES)

ME BASTA CON SABER. Jairo

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