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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “IX.La Usurpación». Por Luis Enrique Homes

Andrea y su nueva casa


A las 10 y 30 de la mañana la casa sastrería de la abuela era un tormento de ruidos. Hombres atropellándose entre sí sacaban corotos de la casa y los amotinaban en un conteiner colocado en el patio. Otra cuadrilla de trabajadores tumbaba ventanas y puertas. Otros bajaban material de los camiones. Otro grupo taladraba en el piso con unos martillos de propulsión que causaban un ruido ensordecedor en el vecindario. Rosa, asomada de su ventana, gritaba: “Eyyyy, Eyyyy, que pasa allí. Paren eso”. “Que están haciendo?” pero ni modo. Sus gritos se hundían en la catástrofe del ruido uniforme de los taladros que no se detuvieron hasta pasadas las 7 de la noche. EL licenciado no paso por la construcción en todo el resto del día.
Andrea convulsionada con los ruidos externos y los gritos de su mamá, entró en un estado de nerviosismo interior. No entendía lo que estaba pasando. No había alcanzado a recordar ni descifrar la reunión del compromiso porque le había dado el ataque de la estatua y no una inmensa laguna mental se había apoderado de ella. Y por supuesto, no tenía ni idea de la conversación de su mamá con Orlando. Sus ojos solo veían que se estaba destruyendo la casa de la abuela y que los gritos de su mama no podían evitarlo.
Resignada, busco en su peinadora una foto de la abuela. La abrazó con todas sus fuerzas hasta que sintió que se la estaba incrustando con fuerza en medio de su corazón herido y allí, con el alma hecha pedazos, se acostó en su cama y dejó riendas sueltas a llanto silencioso. Sus lágrimas inundaron la cama, el colchón y comenzó a salir una corriente de lágrimas por debajo de la puerta. Hasta que Rosa se dio cuenta que el piso de la casa estaba todo lleno de lágrimas.
Rosa le pidió a Andrea, con una ternura y suplica que solo las madres tienen, que por favor le abriera y comenzaron a hablar. Rosa le comento en detalles lo que había pasado en la reunión de días anteriores que, para ella como su madre era “el compromiso” de parte del licenciado de responder por el hijo de Andrea. También le comentó en detalles, la visita del licenciado con los planos y de la repentina construcción que se estaba llevando a cabo en la casa de la abuela. “No entiendo mucho de lo que está pasando, pero creo que las cosas están saliendo bien. Al menos el licenciado nos está respondiendo y mucho mejor de lo que yo esperaba. Así por lo menos tendrás un techo y una casa para ti y para tu hijo. Cosa que yo no te puedo dar”.
Andrea sintió que su cuerpo levitaba lentamente de la cama, casi de manera imperceptible. Poco a poco las manos se fueron separando lentamente del colchón y ya su cabeza no estaba en reposo sobre la almohada. Era una sensación de despegar en forma de helicóptero, pero sin ruidos ni vientos alrededor. A diferencia del ataque de las estatuas, ahora estaba consciente de todo. Escuchaba a su mamá hablando sin parar de los planos de la nueva casa, asunto que a ella no le parecía de mucho interés, de cómo el licenciado tenía mucha autoridad sobre los empleados y las personas de Río Blanco y cosas por el estilo, como si estuviera vendiendo un producto nuevo y listo para ser experimentado. A Andrea le parecía que todo lo que estaba escuchando era una mezcla de cuentos de hadas, misterios, suspensos y cinismo, donde ella era la protagonista. A medida que su cuerpo se iba levantando y casi llegaba al techo, ella volteo la mirada hacia abajo y vio que Rosa se estaba retirando de la habitación, sin darse cuenta que ella ya no estaba en la cama.
Al cerrarse la puerta y escuchar nuevamente el ruido inclemente los martillos, su cuerpo cayó desplomado a la cama y allí estaba sentada, como esperándola para darle la bienvenida a la realidad, Nicolasa, su eterna amiga y confidente.

Luis Enrique Homes

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