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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “XLV – Libertad”. Por Luis Enrique Homes

La frontera con México en San Luis, Arizona. (ARCHIVO L.A. TIMES)

XLV. Libertad


En camino al río, el hombre que manejaba la camioneta daba las instrucciones a Jacinta y a las dos mujeres y los dos niños, con tal precisión y claridad que nadie podía dudar que las había explicado muchas veces.

  • Vamos a tomar una balsa en la orilla del río. Puede moverse un poquito, pero es solo por la corriente del río. No es nada peligroso porque vamos a ir pocas personas. La travesía del río no dura más de 15 o 20 minutos. Se van a mojar, para meterse a la balsa y para salir en la otra orilla. Yo los voy a acompañar junto a mi hermano Arturo que nos está esperando para tener todo listo. Al llegar a la otra orilla, nos tenemos que bajar rápido y empezar a correr por unos matorrales. Yo corro rápido y después se y los dejo hasta unos metros antes de entrar a los Estados Unidos. Allí Ustedes tienen que correr solas y les voy a decir el camino que tienen que tomar y a donde van a salir. Se van a dar cuenta que están en Estados Unidos porque al voltear para atrás, van a ver la cerca alta de metal que han dejado atrás. Y pues hasta allí llega mi trabajo.
  • Como que hasta allí llega su trabajo? Usted no nos va a pasar a los Estados Unidos?, preguntó la señora más joven
  • Mire si yo llego a Estados Unidos me quedo sin trabajo porque no puedo regresar a Matamoros. Yo las voy a dejar en el camino para que Uds lleguen a Brownsville, que es el pueblo que está del otro lado.
  • Y allá que hacemos?
  • Bueno, allí van a llamar a este teléfono que les voy a dar y les va a atender un señor que se llama Andres. El les va a permitir estar en una casa como dos o tres días, hasta que ustedes decidan para donde se van o comiencen a acomodarse. Ya eso es problema de cada una de Ustedes.


Un Silencio inundo la camioneta. En cuestión de segundos Jacinta se dio cuenta que de verdad estaba tomando los pasos hacia un rumbo desconocido. “No sé hablar Inglés, que voy a hacer cuando llegue allá, cuan lejos de esa ciudad vivirá mi hermano Miguel, que pasa si nos agarra la policía, como me mantendré allá” En un momento le dieron ganas de tirarse de la camioneta. Cerró los ojos y recordó su casa, su carro, el paseo dominical para ir a misa, las reuniones con Andrea y el niño. Pero en un acto de conciencia, recordó lo que había pasado mientras la torturaban, Sintió el calor de un cigarrillo en su vientre, sus manos esposadas y comenzando a sangrar. Su cara tapada y su dificultad para respirar y despertó. Cuando abrió los ojos, ya estaban bajando de la camioneta y en un momento inesperado, ya montados en la balsa. Miró su teléfono y habían varias llamadas perdidas del licenciado y un mensaje de texto amenazador:

  • Te voy a buscar a voz y a Andrea hasta el fin del mundo para que me devuelvan a mi hijo. Decime donde estan y no te pasara nada. Si no, te vas a arrepentir el resto de tus días. Acordate lo que ya te paso.


Jacinta no se asustó por las amenazas del licenciado porque según sus cálculos, ya estaba bastante lejos de Río Blanco. Le pareció una bufonada. Sin embargo, no dejo de pensar en las dificultades que estarían pasando Andrea, el enano, Rosa y en Jesús. Sintió alivio al pensar que pronto los vería. Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando un grito de Arturo la despertó cuando llegaron a la orilla más cercana a Brownsville:

  • Vamos, vamos ahora a correr, a correr se ha dicho. El que se queda, se jode.


Arturo corría con mucha velocidad entre los matorrales que casi no lo podían ver. Adivinaban el camino por el movimiento que dejaba en el monte o porque de vez en cuando les decía en voz alta por aquí, por aquí, corran, corran. Los niños se quedaban atrás y su mamá debía jalarlos y los traía casi arrastrados. La señora de edad mayor y pasada de peso, no se veía en el camino. Ya no formaba parte del grupo.

  • Vengan vengan, el que se quedó se quedó. No podemos esperar a nadie porque nos agarra la migra. Yo les dije que teníamos que correr carajo.


Era un tema de sobrevivencia esta etapa. O corrían para llegar al destino o se quedaban abandonados en el camino. En un paraje solitario lleno de árboles altos, las esperaba Arturo. Jacinta llegó al improvisado paraje, con el corazón en la mano, y la mujer que se desplomó con sus dos hijos en la arena, exhausta y casi sin respiración . En el cielo, comenzaron a escucharse ruidos de helicópteros que daban vueltas como en círculos. Cuando Jacinta pudo respirar mejor, salió del paraje a ver si veía a la otra compañera del grupo, la señora gorda que sentía la habían abandonado

  • ¡No haga eso carajo ! Mire que están los helicópteros arriba y si la ven, nos va a agarrar a todos.


Andrea se dio cuenta que ya la otra mujer, que en algún momento supo que se llamaba Angelica, ya no estaría más con ellas. Estaría a la deriva en ese trayecto de matorrales, sol y desolación.

  • No se preocupe, seguro que ella se va a unir a otro grupo que venga más atrás, pero esto es así. O se corre como el viento, o se queda.


Las horas pasaron lentamente. En el paraje podrían esperar tranquilos que se fueran los helicópteros y que la patrulla fronteriza de los Estados Unidos cambiara la guardia o dejara un espacio para entrar en la segunda etapa. La tarde estaba cayendo y la noche entrando en el firmamento. Los niños estaban sentados en el piso descansando mientras la mamá los limpiaba con una toalla húmeda. De pronto el baqueano Arturo dijo:

  • Bueno yo me voy. Se hace tarde y no puedo quedarme acá porque el río sube mucho y es más difícil regresar.


Las mujeres se asustaron. Los niños se levantaron como impulsados por un resorte.

  • Y nosotros qué vamos a hacer? ¿Usted nos va a dejar solas acá?
  • Este negocio es así señora. Ya yo cumplí. Pero no se preocupe que Andrés, el que los viene a buscar, debe llegar de un momento a otro.


El hombre dio la vuelta y se fue, dejando a las dos mujeres y a sus hijos en el abandono de la frontera de México y Estados Unido en la más absoluta intemperie.

Luis Enrique Homes

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