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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “XLVIII– América”. Por Luis Enrique Homes

AMÉRICA

XLVIII– América

Andrés, el comisionado de Arturo, llegó de madrugada al sitio desolado donde habían sido abandonado Jacinta y la otra mujer con sus hijos. El grupo no había podido dormir, en medio del temor y la incertidumbre de ser conseguidos por la patrulla fronteriza. Pero a esa hora, exhaustos, estaban profundamente rendidos.
Con delicadeza, Andres tocó a Jacinta en el hombro para despertarla

  • Oiga, Oiga, Soy Andres. Tenemos que irnos que es el mejor momento para pasar al otro lado.


Jacinta seguía dormida pero su compañera de viaje y los niños se despertaron asustados. El movimiento hizo que Andrea se despertara. Todos agarraron sus morrales, pertenencias y siguieron a Andres, quien iluminaba el camino con una tenue lámpara.
Andrés les dijo:

  • Vamos a llegar al famoso muro, que es una cerca inmensa de hierro. Pero hay un espacio roto en ese muro, que yo les voy a señalar. Por allí van a pasar con cuidado porque se pueden cortar. Pasan primero las maletas y luego Ustedes. Luego lo que hacen es caminar y será como 20 minutos a media hora que consigan un parque. Allí se van a esconder por medio de los árboles y pues, harán sus llamadas y alguien los vendrá a buscar. Ya cada uno de ustedes sabe que hacer allá.


El trayecto se hizo en silencio y llegaron a la inmensa cerca de metal y acero que divide a Matamoros con Brownsville. Jacinta volteo y vio del lado mexicano el ambiente tenue, color amarillo tierra, seco y del lado americano color verde, iluminado, mucho mas claro a pesar de ser de madrugada. Pensó en la diferencia de los dos mundos, solo separado por el muro levantado por los hombres. Pensó que era una misma tierra, que el límite era una creación y que ese límite dividía. Pero ella estaba dispuesta a franquearlo. Estaba sumergida en esos pensamiento cuando Andres la alerto:

  • No se quede atrás, véngase.


Andres comenzó a caminar tocando y contando cada uno de los barrotes del muro con su mano y en silencio se escuchaba su conteo, cincuenta, cincuenta uno, … sesenta, ochenta, ciento treinta y tres. Cuando llegó al doscientos quince comenzó a contar despacio y tocar los barrotes. Entre el barrote doscientos ochenta y trescientos comentó a dar patadas y los barrotes falsos o débiles se cayeron. Con emoción dijo:

  • Por acá, métanse por este hueco. Cuidado no queden enganchados con las púas y vayan a lastimarse


Todos metieron sus maletas y pasaron gateando por el hueco del muro. En cuestión de minutos, ya estaban en Brownsville y en Estados Unidos. Un calor húmedo inundó sus cuerpos, como si hubiesen pasado de un mundo a otro y a una temperatura extrema las hubiese inundado. Los dos hermanos comenzaron a brincar y a abrazarse de alegría. Su madre se unió a ellos, los abrazo a los dos y los beso en la cabeza.
Andres veía conmovido la escena desde el otro lado del muro fronterizo. De pronto, percibió que estaba perdiendo tiempo y debía salvar su pellejo en caso que la patrulla fronteriza llegara al lugar. Rápidamente les dijo:

  • Aca les dejo la linterna. Yo me voy. Suerte. Cuídense mucho. Y salió corriendo de regreso
    Jacinta abrazo a la mujer, a los dos muchachos y lloro de la emoción. Ya estaba en Estados Unidos. pero aún no estaba fuera de peligro. Aun así, estaban todos muy contentos. Ese tramo había sido el más fácil, paradójicamente.


Caminaron y llegaron al parque. Estaba solitario y aun estaba muy oscuro. A lo lejos se apreciaba que había caminerías, árboles bien plantados, atracciones para niños, sitios para asar carne, bohíos de madera y techos de paja finamente armados. A los jóvenes se le iluminaron los ojos.
Jacinta dijo vamos a salir de esto de una vez. Yo voy a llamar al telefono que me dieron que sepan que estamos acá y salimos de este susto de una vez. Si nos van a levantar que nos levanten de una vez y si nos a agarrar que nos agarren de una vez. Jacinta llamó varias veces pero nadie contestaba. Al poco tiempo, un número desconocido le llamó:

  • Soy el encargado de recogerlas. Estoy en el parque es una troca blanca de cuatro puertas.
    Andrera se asomó y vio la camioneta blanca. Emocionada le dijo si ya lo veo. Nos vamos para allá.


Salieron corriendo y se montaron a la camioneta. Allí lloraron y se abrazaron. El hombre en silencio salió del parque como si llevara a una familia de paseo. Ya estaban en Brownsville, y en camino a la libertad. Pasaron varios edificios que a los ojos de Jacinta, eran edificios muy clásicos, bien construidos, todos uniformes y de un mismo color. Uno de los muchachos preguntó qué eran esos edificios.

  • Es la universidad, – dijo el chofer, aumentando la velocidad para cruzar a la izquierda y tomar una autopista.

El joven se quedó pensando el algún momento voy a estudiar allí. Se imaginó caminando por los pasillos con su mochila cargada de libros y de sueños. La mama, como adivinando el pensamiento, les dijo:

  • Algún día van a estudiar en la universidad.
    Jacinta respiro profundo, buscó en su bolso la estampita de San Antonio de Padua que la había acompañado desde el camino, se la puso en el pecho, cerró los ojos y sintió que estaba empezando una nueva vida.


El hombre hizo un recorrido por la autopista breve. Salió a la derecha como entrando a la ciudad y tomó rumbo al aeropuerto Atras del aeropuerto los dejo en un barrio en una casa previamente identificada, donde les daban posada a los indocumentados recién llegados por unos días, mientras definian su destino.
Al bajarse de la camioneta lo primero que hizo fue encender el teléfono y le envió un mensaje de texto de Andrea:

  • Ya estoy en los Estados Unidos, segura y contenta. Voy a esperar por ti el tiempo que sea, esperandote.

Luis Enrique Homes

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