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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “XVII. LA RUTINA”. Por Luis Enrique Homes

La Rutina

XVII. La Rutina


Los meses fueron pasando lentos e imperceptibles. El niño creía disfrutando de la compañía eterna de Andrea, su calor maternal y alimento divino. Le acompañaban durante el día Rosa y Jacinta, quienes se turnaban en la compañía y asistencia del baño, comida y aseo del niño Omar o Jesus Omar. La casa era un lugar agradable, tranquilo y más cómodo que la modesta casa de Rosa. La rutina y tranquilidad se veía alterada por las ocasionales visitas del licenciado a la casa, una o dos veces por semana. Su voz ronca y gruesa alteraba la paz del niño, quien apenas lo escuchaba se alteraba y comenzaba a llorar. Además, siempre que el licenciado llegaba a la casa se sentía mucho ruido de camionetas, carros, gente esperándolo en la parte de abajo, llamadas de teléfono y siempre un ajetreo en los alrededores.
Julián, el guardaespaldas enano del licenciado, tenía una atracción especial por el niño y se interesaba mucho por él. Apenas llegaba y se podía escapar de la mirada del licenciado y del grandulón, tocaba la puerta de la casa con mucha decencia, pedía permiso a Andrea o a su mamá para visitarlo en su habitación. Caminaba corriendo con sus piernas en formas de U invertida y sus pasitos se aceleraban hasta llegar a la cuna. Como la cuna era muy alta para su estatura, agarraba una silla y se encaramaba hasta llegar a la altura del colchón y se ponía a hacer ruidos al niño como de pájaros, de insectos y hasta diferentes sonidos de la naturaleza como lloviznas y vientos. El niño abría los ojos sorprendidos, giraba su cabeza a la izquierda y a la derecha como buscando el origen de los ruidos y de pronto se quedaba con la mirada fija en Julián, hasta que soltaba una carcajada de placer y encanto. Las primeras sonrisas del niño, salieron por los estímulos de Julián. Andrea, Rosa y Jacinta también disfrutaban a escondidas de las ocurrencias del enano guardaespaldas y siempre se aseguraban que nadie los sorprendiera en esas desventuras entretenidas.
El licenciado a veces llegaba en las tardes calmado, traía algunos alimentos adicionales y era un poco más amable con Andrea, la conquistaba con cosas insignificantes como dulces criollos, jugos naturales y se quedaba a dormir con ella, en una rutina de parejas sombrías, acomodadas por conveniencia y placer mutuos. En algún momento ella le preguntó la razón por la que abajo había tanto ruido el, molesto y malhumorado, le dijo que pues allí estaba su oficina y la gente lo venía a ver, consultar y hacer negocios con el. También le dijo que necesitaba persona de confianza que le ayudara y que se uniera a trabajar a lo que Andrea accedió a hacerlo dos o tres veces por semana. “Pues allí en la oficina pequena que te asigne te dejo una caja de papeles. Trata de organizarlos como puedas en las carpetas marrones que están en el armario”.

La Rutima


Andrea bajo la planta baja (oficina) un día cualquier y con desgano se puso a ordenar papeles de una caja. Por instinto se dio cuenta que había documentos legales y facturas comerciales. Otros papeles eran como giros firmados en blanco y de esta manera se dispuso a organizar los documentos: contratos en un lado, facturas comerciales en otro y giros en otros. Así fueron pasando las horas, con el fastidio del polvo acumulado y de los papeles que por alguna razón se esconden desordenados.
Los senos se le estaban llenando de leche y era el momento se subir a alimentar al niño. Ya para venirse tomó el último documento y sobre el título había un título en letras grandes y rojas que decía documento Dona Petra. Sorprendida, lo tomó entre sus y como pudo, lo leyó muy rápidamente, pero estaba lleno de términos legales y condiciones que, para ella, eran inentendibles. EN medio de la confusión y su escaso nivel, le quedó claro que la abuela estaba vendiendo la antigua casa de la sastrería al licenciado por una suma insignificante de 5000 córdobas, unos días antes de su sorpresiva muerte. A Andrea se le paralizó todo su cuerpo, se le aceleró el corazón. EL niño comenzó a llorar desde arriba y Rosa empezó a llamarla. La leche comenzó a gotear de sus senos. Como pudo, sacó su teléfono y tomó imágenes completas del documento y subió las escaleras.
Cuando llegó arriba, le esperaba el niño desesperado por pegarse a sus senos cargados del preciado líquido. Andrea trato de calmarse de la sorpresa de conocer de una venta u operación para ella desconocida por un precio tan bajo, y días antes de la muerte de la abuela.

Luis Enrique Homes

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