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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie): “XXXIX – El Río”. Por Luis Enrique Homes

El Río

XXXIX – El Río

El bus donde viajaba Jacinta hizo varias paradas antes de llegar a Ciudad de México, DF. Cada parada era un capítulo de misterio y de intriga. Jacinta debía preguntar al chofer del bus donde estaba llegando y ella debia textear a su coyote para notificarle el sitio de la parada que estaba llegando.
Llegamos a San José, donde hay una gasolinera” “Ahora estamos en San Agustin, donde hay una taqueria” “ Ahora estamos en San Juan, donde hay una cauchera” .

Y el coyote le daba instrucciones:

Ahora compre cualquier cosa en la tienda y en caja pregunte por la Señora Flor y usted va a pagar con un billete de 50 dólares, no espere vueltos”, fueron las instrucciones en la primera parada.

En San Agustin le mandaron a tomar fotos de la Taquería, pagando con un billete de 100 dólares sin esperar vuelto y en San Juan, solamente a tomar fotos de la cauchera y enviarlas por whatsapp. El chofer del bus tenía una amplio repertorio de música ranchera que se las sabía de memoria y no se cansaba de cantarlas a lo largo del camino.
En algún momento del viaje Jacinta comenzó a sospechar que el chofer del autobús era parte de la red del coyote porque de manera especial siempre la miraba por el espejo como recordandole que llegaba a una determinada parada y además entre cancion y cancion, le recordaba de manera muy sutil que debía cumplir el mensaje y las instrucciones correspondiente a cada parada.
En el grandísimo y ruidoso terminal de la la ciudad de México hicieron un transbordo a un bus más pequeño que conduciría a la ciudad de Matamoros, en la frontera con Estados Unidos. El chofer le indico a Jacinta que no se bajara hasta que no recibiera en su teléfono un mensaje de texto. Al minuto llegó el mensaje de texto del coyote:

Entrégale 500 dólares al chofer del bus y el te presenta con el chofer del bus que te lleva a Matamoros”.

Eso era una sorpresa que no estaba prevista, pero no tuvo de otra que hacer lo que le estaba instruyendo el coyote. Estaba literalmente en sus manos. Cuando le entregó disimuladamente 5 billetes de 100 dólares, el chofer le pidió que se tomaran una foto juntos y ella se negó molesta. Pero él dijo: “Esto es parte de las reglas del viaje. Así que no se ponga con payasadas ”. La tomó del brazo sutilmente, la abrazó y se hizo tomar la foto selfish como si fueran dos amigos entrañables
El mismo la condujo por varios pasillos del terminal, la llevó al estacionamiento y la embarcó en el próximo bus, diciéndole al chofer. “Esta es la encomienda, va livianita”. Y le paso unos billetes. Así emprendieron el camino a Matamoros en un trayecto que se hizo de noche. Al llegar a Matamoros la despertó un fuerte olor a frituras. Era sorprendente que a ambos lados de las aceras existieran tantos sitios de comida vendiendo lo mismo: Tacos, gorditas y en medio de cada cuadra, farmacias. Eran sitios pequeños con capacidad para pocas personas. Pero desde el bus, se veían full de comensales.
Se escucharon unos disparos en la ciudad. Al principio, unos pocos. Luego, como unas rafagas mas intensas. Jacinta se asustó. Miro de un lado a otro por las ventanas del autobús y el chofer la miró sonriendo por un espejo grande colocado encima de su asiento: “Eso es la gente de la maña, peleandose por sus problemas, pero no están cerca”. Luego de un silencio, le dijo:

  • Ahora usted me dice si va a cruzar el río ahora que está temprano ahora o lo va dejar para mañana.

Andrea no supo qué responder, porque no sabía a ciencia cierta qué era lo que tenía que hacer ni cómo lo iba a hacer. Estaba angustiada, porque sentía que podría estar repitiendo la experiencia de Río Blanco, solo que allí en Matamoros, no sabia con quien estaba tratando ni con quien se estaba enfrentando. Sintió un fuerte dolor de cabeza y decidió acostarse a la ventana hasta que el chofer la avisara. Era el primer Domingo de Diciembre.

Luis Enrique Homes

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