Opinión

¡La ciudad de las mujeres! ¡El trabajo en equipo, la capacitación, el interés colectivo y las Mujeres en acción!. Por Miguel Alberto Zurita Sánchez


En el artículo, que fue publicado el domingo 8 de marzo, cerré con lo que pienso de las Mujeres y lo expresé así “La MUJER es, indudablemente, el ser más y mejor capacitado para preservar al planeta y con él, la raza humana, no aceptarlo es una mezcla de estupidez, en actitud y conducta, tan es así, que muchos de los conflictos de la magnitud que sean, a nivel mundial no existieran, si las MUJERES tuviesen el poder en sus manos y no los “machos”.
Después de leer, el artículo que sigue, me dirán si tengo o no razón, para hacer tal afirmación.
Muy cerca de la turística Cartagena de Indias, en un lugar del caribe colombiano, cerca de donde García Márquez situaría Macondo, existe un lugar habitado y gobernado por mujeres. No son guerreras ni amazonas; todo lo contrario, son feministas y pacifistas. La urbanización La Bonanza, en el municipio de Turbaco, parece estar en medio de la nada y apenas llama la atención. Dentro, sin embargo, están parte de los sueños de vida digna hechos realidad por 98 mujeres, a las que la guerra se lo había arrebatado todo. En ese lugar, ellas mismas construyeron un conjunto de casi 100 casas que ocupan sólo dos manzanas del total del conjunto urbano, pero que bautizaron con el nombre de La Ciudad de las Mujeres.
Detrás de cada vecina de este lugar hay una historia desgarradora, un proyecto de vida truncado cuando el conflicto armado entró en sus vidas y les indicó el camino de salida. Son habitantes del Chocó, de Antioquia, de Bolívar, de La Guajira y de muchos otros lugares de Colombia afectados por la guerra que tuvieron que abandonar sus pueblos y veredas huyendo de las amenazas y las balas. Lo dejaron todo. Lo perdieron todo. Y llegaron a Cartagena, una ciudad amable con el turista, pero hostil para la gente que busca refugio en sus barrios marginales. De la noche a la mañana y sin saber por qué se habían convertido en desplazadas.
Es el caso de Paula Castro, que vivía en el Urabá antioqueño con sus hijos pequeños y trabajaba como empacadora en la compañía bananera. “Mi vida estaba organizada. Todo iba bien hasta que los grupos paramilitares empezaron a dejarse ver en la región. Llegaron los muertos, las matanzas. Uno de esos paramilitares, El Mono Pecoso, se fijo en mi. Me dijo que a él ninguna mujer se le resistía. Tuve que malvender la casa e irme”, recuerda.
También es el caso de Ana Luz Ortega, que dejó su hogar en la región de Córdoba. “Teníamos nuestros cultivos, nuestros animales, lo suficiente para vivir. Los paramilitares empezaron a cumplir sus amenazas; mataban y arrojaban a los hombres al río, se llevaban los cerdos, las vacas y los caballos. Siempre había habido enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. pero cuando entraron los paramilitares eso fue ya un exterminio y decidimos salir del pueblo. Yo tenía seis niños y fue muy duro para mi llegar a un lugar que no conocíamos”, explica.
“Yo me sentiría reparada cuando sepa por qué y quienes me desplazaron”.Eidanis Lamadrid
A Eidanis Lamadrid le tocó igualmente abandonar la finca de la vereda, donde vivía en los Montes de María, en la región de Bolívar. “Vivíamos asediados por la guerrilla. Si llegaban no podías decirles que se fueran y eso las autoridades lo tomaban como que colaborábamos con ellos. La situación se hizo insostenible y los combates eran cada vez más intensos. Es difícil dejar lo que se ha construido durante tantos años, pero cuando lo hicimos lo único que uno proyecta y le importa es la vida de los hijos”, señala la que es hoy una de las lideresas del proyecto de la Ciudad de las Mujeres.
Como las de Paula, Ana Luz y Eidanis, en La Ciudad de las Mujeres hay 95 historias más, que hablan de violencia sexual, de asesinatos y desapariciones de sus seres queridos y de todas las violaciones a los derechos humanos posibles. Salvo alguna excepción, la mayoría de las 98 son migradas, que acabaron viviendo en condiciones infrahumanas en los barrios más pobres de Cartagena, en ranchos en los que había que salvar el colchón, cada vez que llovía, y vender cualquier cosa para tener algo que llevar a la boca de los hijos.

Eidanis, Paula y Ana Luz

Su vida cambió cuando conocieron a la abogada feminista Patricia Guerrero, directora de la organización La Liga de Mujeres Desplazadas (LMD), que solía visitar los barrios invisibles de Cartagena, empeñada en organizar a las víctimas de desplazamiento y violencia sexual. “La doctora Patricia nos rescató realmente. Nos hizo ver que la guerra y el Estado nos habían vulnerado nuestros derechos y que esos derechos debíamos recuperarlos y hacerlos valer. Gracias a ella, además, podemos contar lo que nos pasó y hemos tenido una atención psicosocial”, dice agradecida Eidanis en nombre de todas.
” Se unieron buscando fondos para pagar un cajón (un ataúd)”. Así arranca la web de la LMD, una organización colombiana creada por Patricia Guerrero, una abogada y exjuez, que ante la miseria de las mujeres víctimas del conflicto que asola su país, se puso a guerrear por ellas. Su primera batalla fue dar un hogar a esas mujeres, las más indígenas, las más negras, las más pobres. El conflicto que vive el país desde hace más de 50 años les había quitado su casa y vagaban por las ciudades arrastrando ristras de niños y niñas y algún mayor superviviente. «Necesitaban de todo: huían de una guerra que ya siempre les acompaña, porque ninguna puede olvidar el rastro que deja en ellas, que las viola, deja huérfanas, viudas, sin tierras, sin sus casitas, sin sus hijos que son asesinados… Señala la Doctora Guerrero.
Sin casa y sin nada a lo que agarrarse decidieron organizarse, pensaron que juntas podrían tener más fuerza para demandar. Hasta entonces, no sabían muy bien qué.
Para empezar a paliar su situación, atravesada por todos los misiles que desgarran el país: narcotráfico, guerrilla, paramilitares, tráficos varios (armas, mujeres, piedras preciosas…) pensé en crear una ciudad sólo para ellas, un lugar levantado ladrillo a ladrillo por las féminas. Se trataba de darles una vivienda para que pudieran empezar una nueva vida, donde ellas dibujasen su futuro. Cabrían hombres, pero sólo si aceptan sus normas de no violencia, negociación y solidaridad”, explica la letrada, entonces escoltada por dos guardaespaldas. Tanto ella como la organización están o han estado amenazadas por los paramilitares.

Patricia Guerrero


Bienvenidos los hombres, pero con formación

“Sí, somos feministas, pero eso no quiere decir que no admitamos a los hombres. Lo único es que hemos aprendido a hablar de nuestros muchos derechos, también sexuales”, cantan al unísono 12 mujeres reunidas en la calle para hablar de su peculiar urbe. Para ellas, feminismo es igualdad y quieren a los hombres: “Nos encantan; yo he tenido varios. Lo único es que ahora soy yo la que dice si siguen bajo mi techo, la que no admite que me levanten la mano y la que se ocupa de que en casa se aprenda a negociar y consensuar. Eso sí, esa postura consigue separaciones. Aquí muchos hombre no han aguantado que nosotras opinemos”, razona entre risas Juana López. Como el resto de estas ciudadanas, ella mantiene a su familia con trabajos informales: venta de panecillos y arepas, limpieza en casas, costura, manicura u otras historias menos confesables.
“Para mí el terror es que la lógica de la guerra atrape a los pequeños: a los niños reclutándoles en uno de sus bandos y a las niñas como prostitutas. Porque el conflicto a las mujeres las persigue siempre. También ahora que en teoría viven en paz. El problema es que todos los negocios que tienen que ver con la guerra cruzan por las comunidades más pobres del país. Y cuando solicitan un crédito, que nunca es oficial, acaban pidiéndole un 10 por ciento más al segundo día, un 100 por cien más al segundo, y si no tienen con qué devolverlo, pagan con sus hijos o hijas”, denuncia la creadora de este espacio.
Para instruir a los más jóvenes, hay talleres que enseñan a las pequeñas que preñarse a los 15 no es una forma de salir de pobreza y que deben ser independientes. A ellos, les cuentan que se puede ser sensible, no competitivo y que la agresividad acaba golpeándoles a ellos. Hay también talleres de masculinidad para los compañeros adultos de estas pioneras. Van a regañadientes, pero terminan pasándose por las aulas y reconociendo que ellas han creado un entorno más fácil de vivir.


Capacitación y manos a la obra

Integradas ya en la LMD, se fueron reuniendo y fortaleciendo. En semejantes condiciones decidieron que su mayor prioridad era tener una vivienda digna. El proyecto de la «ciudad» empezó a gestarse. Buscando lugares que fuesen aptos para vivir, pusieron el ojo en una urbanización que se iba a construir a las afueras de Cartagena.
Consiguieron el dinero para comprar el terreno gracias a la cooperación estadounidense y hablaron con el constructor para poner las condiciones: invertirían allí a cambio de que las contratase, como mano de obra no cualificada y así ellas mismas pudieran hacer sus viviendas. También fabricarían los ladrillos para las casas que debía comprar el empresario. De esta forma aportarían en trabajo y material el valor de la vivienda.
“Queremos demostrar que organizadas sí se puede y que organizadas es más difícil desintegrarnos”. Luvis Cárdenas
Todas se pusieron manos a la obra, capacitándose primero, en diferentes tareas de albañilería y construcción. Aprendieron a nivelar terrenos, a construir ladrillos, a mezclar cemento. Y ya cuando empezaron a construir, unas hicieron el trazado, otras cavaron la tierra, otras levantaron paredes y otras hicieron las calles y las jardineras.
Estuvieron tres meses trabajando. El resultado, 98 viviendas de 78 metros cuadrados, cada una con dos habitaciones, sala, cocina, baño y un patio. “Fue una experiencia muy bonita. Quizá muchos hombres pensaron que no teníamos la capacidad para hacerlo, pero demostramos que sí y ahí está nuestra ciudad”, dice Ana Luz orgullosa.

Capacitación y esfuerzo tenaz


La idea de vivir juntas había sido antes muy meditada. “Éramos mujeres que procedíamos de diferentes partes del país, con diferentes culturas. Aquí hay mujeres afrodescendientes, mestizas e indígenas. De alguna manera, La Ciudad de las Mujeres representaba un reasentamiento poblacional. Hicimos normas de convivencia sobre cómo queríamos vivir.
El sueño era tener un lugar donde todas pudiéramos estar tranquilas, trabajando y resistiendo”, dice Luvis Cárdenas, otra lideresa de la ciudadela. Sus lideresas (y son ellas las que insisten en el adjetivo, en femenino y en plural) son madres de familia desplazadas por el conflicto que desangra el país desde hace 50 años.


Una historia escrita con sangre


La construcción de la ciudad, desde una posición pacífica provocó violencia. “Cuando reclamamos nuestros derechos, resultamos revolucionarias, y más en zonas de paramilitares. De ahí las amenazas. Nos atacaron de muchas formas. Mataron a machete al esposo de Simona, una de las fundadoras; él era el vigilante de la fábrica de ladrillos que teníamos; Keila Berrío fue asesinada por su marido, que no soportó verla feliz, con empleo y emancipada y en el 2007 los paramilitares quemaron nuestra local comunitario”, narra Luvis Cárdenas, una de las portavoces de la asociación. Pero esos zarpazos no las amedrantaron. Cuando llegaron los muertos y la violencia, se sentaron en lo que hoy son sus calles (con medianas en las que relucen los verdes árboles del trópico), y, reunidas en asamblea, votaron que seguían, que no abandonaban el proyecto. La voz más fuerte entre estas marginadas de Colombia fue la de Simona, la viuda del hombre que vigilaba su almacén. Gritó que estaba cansada de huir y pidió – en nombre de su marido – unidad y persistencia.


Las amenazas continúan


Al proyecto La Ciudad de las Mujeres de la LMD, no fue fácil materializarlo. El reasentamiento en Turbaco, coincidió con una época de inseguridad creciente en la zona, con presencia de grupos armados que trataron de desestabilizarlo. Volvieron a sufrir amenazas, hostigamientos y vieron como asesinaban el 19 de mayo de 2005 a Julio Miguel Pérez, la persona que cuidaba la fábrica de bloques de la Liga y esposo de una de las beneficiarias, Simona Velásquez. Su asesinato sigue impune y fue un duro e intimidante golpe para la organización.
Gladys Huertas es la madre comunitaria encargada del jardín de infancia donde las mujeres llevan a sus niños y niñas pequeños.

Gladys Huertas

En este tiempo que llevan ya en el barrio tampoco han dejado de vivir en tensión y estar prevenidas. Los grupos paramilitares han inundado de panfletos amenazantes las calles, han intentado imponer su propio control territorial, con normas que decían a los vecinos a qué hora debían acostarse y las han tratado de extorsionar con el cobro de impuestos.
También, ellas cuentan que hombres desconocidos en motos cercaban el barrio, tomándoles fotos y video. En octubre del mismo año desapareció Rafael Torres, sobrino de Nemecia Cerda, una de las beneficiarias, administradora del refugio infantil. En diciembre de 2007 personas no identificadas incendiaron el salón comunal del barrio donde tenían una panadería y comedor comunitario. El incendio coincidió con la visita a Cartagena del secretario general adjunto de Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, Jan Egland, que presionó para que la Acnur ayudará a recoger fondos para la reconstrucción del salón.


Salón Comunal quemado y reconstruido

No se amedrentaron ni se sometieron y volvieron además a reconstruir el centro comunal.
Con todo, lo más difícil, reconocen, ha sido la sostenibilidad económica. Los proyectos productivos no acabaron de funcionar. Ellas lo han intentado todo para generar ingresos por cuenta propia, pero por diferentes circunstancias han fracasado, salvo el caso de algunos pequeños negocios.

Saber la verdad


Y ya con sus casas levantadas por ellas, Patricia Guerrero empezó a enseñar a estas mujeres iletradas, el valor de la memoria histórica de los hechos y la violencia que habían sufrido. “Se trataba de que se organizaran para demostrar la agresión y altanería de la estructura patriarcal, que es la guerra. Porque en ella, las mujeres están sólo para parir, lavar, ser utilizadas y violadas como botín de guerra”, sentencia la abogada. Así, una vez terminada la obra, las habitantes de La Ciudad de las Mujeres empezaron a instruirse en qué es la Constitución del 91, qué es el derecho internacional humanitario y cuáles los derechos de las mujeres. “Después el tema de la impunidad empezó a calarles profundo. Se saben víctimas de un conflicto, que no provocaron y empiezan a interesarse por entender cuáles son las leyes de esa violencia, qué es el narcoparamilitarismo, la concentración de tierras y riquezas, la globalización económica, el negocio de la guerra, y cómo impacta todo eso en sus vidas”, apunta Patricia Guerrero. Y la lección ha calado entre ellas, que se sienten empoderadas (de nuevo son las lideresas las que apuntan el término). Hoy se saben sujetas a unos derechos y son conscientes de que no todo es lo que digan los guerreros o los maridos.
Siguen igualmente inmersas en su lucha por la justicia, la verdad y la reparación como víctimas del conflicto armado. Para Eidanis queda mucho por hacer. “Hay compañeras que todavía no tienen una vivienda digna, nuestros casos de denuncia por desplazamiento forzado, por violencia sexual o por crímenes a nuestros familiares siguen en la impunidad. Yo me sentiría reparada integralmente cuando sepa por qué me desplazaron, quiénes me desplazaron, quiénes asesinaron a los familiares de mi esposo y por qué lo hicieron. También cuando tenga a mis hijos con una educación garantizada, tengamos buenos servicios de salud y una vida estable aquí”, remarca.
Sin embargo, otra de las batallas, de la Dra Guerrero, es conseguir mejorar sus oportunidades. Porque inevitablemente, en estos casi diez años, esas fundadoras han tenido más hijos, se han hecho más viejas, han acogido a otros familiares desplazados y siguen con las mismas oportunidades de encontrar un trabajo digno: casi cero. “El Estado cree que comemos papel y las políticas de igualdad tienen que ir acompañadas de recursos.
Es como en las negociaciones de paz que hay ahora. No hay mujeres en ese proceso y por eso resultará siempre incompleto e ilegítimo. No se contemplan las necesidades de ellas. Se vuelve a reproducir el esquema de silenciamiento de las mujeres. El tiempo de la paz no está en Nariño [palacio presidencial de Colombia], sino en municipios como Turbaco donde estamos cambiando los patrones del Estado”, la abogada de apellido Guerrero
La Ciudad de las Mujeres es, en definitiva, como una pequeña Colombia en miniatura que refleja lo peor y lo mejor de este país. Lo peor, las consecuencias de un conflicto armado que se cebó con la población civil y que ha generado casi siete millones de víctimas, de los que unos seis millones serían desplazados. Lo mejor, los procesos de lucha, dignidad y resistencia generados contra la guerra, encarnados en muchos casos por mujeres. “Queremos demostrar que organizadas sí se puede y que organizadas es más difícil desintegrarnos. Es un ejemplo de lo que somos capaces de hacer en este país por la construcción de una paz verdadera. Las mujeres de La Liga somos un paradigma de empoderamiento y trabajo en equipo, un testimonio de la importancia que tiene el trabajo con mujeres para garantizar la restauración de los derechos de la inmensa población desplazada en Colombia”, concluye Luvis Cárdenas.


Conociendo un poco a las fundadoras de La Ciudad de las Mujeres. (Parte de una entrevista, de Catalina Ruiz-Navarro)

“Algunas personas dijeron que las mujeres no éramos capaces de hacerlo.»
Ante la pregunta ¿Por qué solo mujeres?”, la respuesta no se hizo esperar “Porque nosotras somos más positivas, nosotras llevamos años trabajando en este proyecto y nos decían: ¡eso es gastarse las chancletas, mejor vayan a conseguir marido! Pero aquí estamos con todos los tropezones que nos han tocado.” Entonces, “¿qué papel juegan los hombres en la comunidad?”, les pregunto de nuevo. “Son los compañeros de las miembras.” Se ríen.
En una esquina del municipio de Turbaco un grupo de mujeres, defensoras de derechos humanos, construyeron juntas y en resistencia, lo que hoy se conoce como La Ciudad de las Mujeres: 98 casas de 78 metros cuadrados, cada una con dos habitaciones, sala, cocina, baño y patio de ropas.

Construyeron el barrio con sus propias manos, reunieron el dinero para comprar el lote, hicieron el trazado, cavaron la tierra, levantaron las paredes, mezclaron el cemento; son un modelo ejemplar de autoconstrucción y autogestión.
Todo comenzó en 1998 en uno de los barrios más pobres de Cartagena: El Pozón. Allí no llegan los servicios públicos, hay inundaciones periódicas que acaban con las casas y las posesiones de sus habitantes. Es uno de los barrios que les queda a los migrantes y desplazados, que llegan huyendo de la violencia, para volver a encontrarla. Las mujeres de La LMD, la organización que hace más de 10 años las unió en la lucha por sus derechos, saben muy bien lo que eso significa. “En el cuerpo de las mujeres se refleja más toda esa carga del desplazamiento. Nosotras somos las que protegemos, las que agarramos a los niños y salimos corriendo de la casa”, cuenta Deyanira Reyes Ramos.
“Mi marido, que era de por acá, de Sucre, me dijo vámonos pa’ Cartagena, cerremos los ojos y volemos”, cuenta Eberlides Almanza, que con sus 60 años es una de las “miembras” más antiguas de La Liga.
“No digo que los hombres no son violados, pero las mujeres somos más víctimas de violencia sexual en el conflicto armado. Las mujeres somos obligadas a atender a los militares y a la guerrilla. Y los militares también han sido perpetradores de hechos contra las mujeres. Todo ese peso ha caído sobre nosotras, y muchas mujeres en ese cuerpo han muerto de pena moral”, explica Deyanira Reyes. De pena moral, dicen, murió su vecina Olivia Palacios cuando aún vivían en El Pozón.
En 1998, la abogada feminista Patricia Guerrero llegó a Cartagena y empezó a trabajar con mujeres desplazadas. “Con toda esta sensibilidad acumulada literalmente comencé a perseguirlas por las calles, entablando con ellas un diálogo muy básico sobre su situación, su origen, las causas de sus desplazamiento, etc. El primer acercamiento a ellas lo hice por medio de una maestra muy conocida del barrio El Pozón, que me puso en contacto con el padre jesuita Efraín Aldana, toda una institución en Cartagena”, cuenta Guerrero.
La LMD es, probablemente, la organización de desplazados más exitosa de Colombia, aunque es mucho más conocida a nivel internacional, que dentro del país. Ha ganado el Premio Nacional de Paz de la Fiederich Ebert Stiftung en Colombia (Fescol), recibió un reconocimiento de la Fundación Global para las mujeres en Nueva York y los premios Procomún de Eternit, Luis Carlos Galán de Derechos Humanos, Sofasa Renault, y el II Premio Rey de España de Derechos Humanos.
Es la única organización suramericana que hace parte de la Iniciativa Mesoamericana de Defensoras, que acaba de ser reconocida con el premio en Derechos Humanos Letelier-Moffitt. «La Liga de Mujeres Desplazadas es una muestra del papel indispensable de las mujeres en la construcción de una paz verdadera, de una paz que reconstruya el tejido social y asegure la dignidad de todos y todas», dice Marusia López Cruz, directora regional de la organización feminista JASS (Asociadas por lo Justo) y experta internacional en género.


Recursos


Junto con Guerrero, La LMD hizo un vídeo, para recaudar fondos para la organización: May Our Voices not Fall into the Void (Que nuestras voces no caigan en el vacío).
En 1999 ya tenían personería jurídica y en enero de 2011 realizaron un primer encuentro al que asistieron 109 mujeres desplazadas de todo el país. También empezaron a hacer capacitaciones y talleres de derechos humanos. Al empezar a perfilarse como un grupo fuerte recibieron amenazas. La violencia en El Pozón se recrudecía por disputas entre guerrilleros y paramilitares; aumentaron la prostitución, los expendios de drogas y los asesinatos de “limpieza social”. Dos mujeres de La Liga fueron violadas en circunstancias confusas y los hijos de otras fueron víctimas de reclutamiento forzado.
En 2003, Guerrero ganó una beca para tomar un curso sobre “Advocacy” en derechos humanos en la Universidad de Columbia. Allí diseñó varios proyectos usando la experiencia con La LMD y, gracias a una visita de los becarios al Congreso estadounidense, logró que la agencia de cooperación internacional Usaid le diera 500 mil dólares, a la Liga para que pudieran tener casas propias y acabaran con su itinerancia.
“Yo le digo la paloma blanca porque ella, siempre que sale, trae buenas noticias”, dice Eberlides Almanza, refiriéndose a Patricia Guerrero.
En 2004 arrancó el proceso que culminó en la ciudadela, que hoy llaman La Ciudad de las Mujeres. La Liga también gestionó fondos de vivienda del gobierno colombiano para completar el dinero necesario para la construcción de las casas. Se postularon 159 mujeres para el subsidio de vivienda. El 5 de noviembre de ese año, 98 mujeres de la Liga fueron seleccionadas. Ellas iniciaron un complejo proyecto de autoconstrucción que comprendía proyectos paralelos: una Unidad de Producción Industrial que hacía los bloques para la obra y se los vendía al constructor (para hacerlos, las mujeres fueron capacitadas por el Sena); y la Unidad de Producción de Alimentos que, en terrenos alquilados, cultivaba y producía los alimentos para las obreras y obreros.
“Nos ha capacitado el Sena en tejidos, panadería. En los proyectos productivos se capacitaron mujeres en hortalizas, en sembrar maíz. Mujeres tirando machete como cualquier hombre, mujeres que saben sembrar una mata de yuca”. Además de capacitarse, las mujeres hicieron una organizada división del trabajo.
“Formalizamos una cooperativa: Mujercom, Unidad Integral de Mujeres, que producía los alimentos. Otras se capacitaron como conciliadoras. Yo soy conciliadora, cuando se presenta un conflicto en nuestra comunidad, nosotras mismas conciliamos. La clave para que los conflictos se resuelvan rápido, es que hay que escuchar a las dos partes, se llega a un acuerdo, se firma y ahí queda el problema”. Las palabras de Almanza evidencian que en la Liga de Mujeres se piensa como grupo. El afán de supervivencia no ha dañado el trabajo comunitario, al contrario, se nutre de un esfuerzo colectivo y organizado.
Hoy, todas las mujeres son orgullosas propietarias de sus casas, y aunque algunas viven en Cartagena, para estar más cerca de sus sitios de trabajo, tienen la tranquilidad de tener una casa propia, una profunda reparación, real y simbólica, para cualquier persona desplazada.


Contraataque


En medio de quejas, existe una, es la falta de apoyo institucional. “Yo pienso que las administraciones no nos quieren, porque nosotros denunciamos, exigimos nuestros derechos, tocamos puertas”. Además, las mujeres ejercen veeduría ciudadana.
“Tú sabes que hoy vienen recursos para las víctimas y nunca llegan, entonces nosotras armamos un comité de veeduría en el municipio, y yo, por ejemplo, hago parte de la Mesa Departamental de Víctimas de Bolívar y de la Mesa Municipal de Turbaco”, continúa Almanza, mostrando lo “incómodas” que llegan a resultar las víctimas que entienden de derechos humanos.
Las ayudas humanitarias que reciben los desplazados en Colombia dependen de la Unidad nacional de Atención y Reparación Integral a Víctimas, y están condicionadas a turnos, que muchas veces son sólo dos al año. Comprenden apoyo para el arriendo y la alimentación, pero no solucionan los problemas de fondo de sostenibilidad que enfrenta esta población. Cuando las mujeres desplazadas llegan a una ciudad, suelen convertirse en cabezas de hogar. Esto sucede o bien porque han muerto sus padres o parejas o porque, al llegar a las urbes, pueden conseguir trabajo replicando las labores domésticas, que hacían en su contexto original, mientras que las labores que los hombres hacían en el campo son poco apreciadas en la ciudad. Esto tiene repercusiones económicas para los hogares y dificulta las relaciones conyugales, un cambio de roles que puede generar violencia intrafamiliar.
Una placa que conmemora la fundación de la Liga se puede ver en una esquina de Turbaco.

Ana Luz Ortega y Maritza Marimón

Proyectos


A pesar de que ha logrado tantas cosas y de ser un ejemplo para las organizaciones de víctimas del país, la Liga sigue teniendo como problema el poder generar recursos propios, pues aún mantiene una alta dependencia de los subsidios del Estado. Las mujeres han hecho numerosos intentos por generar ingresos por cuenta propia y han participado en proyectos productivos de capacitación, sin embargo, muchas de estas iniciativas han fracasado y muchas aún dependen de su trabajo en el servicio doméstico u otras labores informales, que no son suficientes para sostener un hogar.
El próximo proyecto de la Liga es reunir fondos para comprar tierras que puedan cultivar, y así, tener una verdadera economía sostenible, al interior de su comunidad.
En opinión de María Carolina Morales Buelvas, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad San Buenaventura Cartagena y exasesora para el diseño de la política pública de atención y prevención de desplazamiento a cargo de la Secretaría de Participación y Desarrollo Social, los principales obstáculos de la población desplazada, cuando llega a la ciudad tienen que ver con “poder acceder a servicios sociales básicos por el desconocimiento de sus derechos y las rutas de atención. El goce efectivo de los derechos a la seguridad alimentaria, el alojamiento temporal es casi nulo, en la primera fase del desplazamiento, y el derecho que menos garantías presenta, en términos de acceso, es la vivienda. Los programas son los menos eficientes”.
Es en esa medida que la LMD se convierte en un modelo ejemplar. Son mujeres de todo el país que se capacitaron en derechos humanos y que saben navegar jurisprudencias nacionales e internacionales, que conocen mecanismos para exigir garantías y que no se dejan meter los dedos en la boca. También han hecho avances increíbles en lo que respecta a la vivienda y la seguridad alimentaria. Los obstáculos a los que aún se enfrentan muestran la necesidad de que el Estado colombiano oriente sus programas para desplazados, a capacitaciones que les permitan crear proyectos de emprendimiento productivo, de manera que logren adaptarse a los nuevos contextos de las ciudades, con ejercicios sostenibles que les permitan alcanzar independencia económica.
La Liga también evidencia que el apoyo internacional ha sido más efectivo que los programas locales, y su caso tendría que ser usado para el diseño de políticas más efectivas para el contexto actual, y ante un posible posconflicto. Pero, ante todo, las mujeres de la Liga son un paradigma de empoderamiento y trabajo en equipo, un testimonio de la importancia que tiene el trabajo con mujeres, para garantizar la restauración de los derechos de la inmensa población desplazada en Colombia.


Unidas


Pese a lo vivido, estas mujeres dicen que su lucha valió la pena.
“Nadie puede quitarme esto. Nadie puede echarme de mi propia casa”, dijo Ana Luz Ortega, mientras estaba parada en el porche de su vivienda de paredes color rosa fucsia, en la que vive con su marido y sus hijos.
«He visto muchos casos en los que los esposos han dejado a sus esposas e hijos en la calle, después de irse con otra mujer que luego se viene a vivir a la casa», dijo.
Como en otros países de América Latina, los derechos de propiedad en Colombia son desiguales entre hombres y mujeres. A las viudas les resulta particularmente difícil heredar de sus maridos, ya que las tierras a menudo pasan a los hijos varones o a la familia del esposo.
Sin embargo, los títulos de propiedad le han dado a las mujeres, mayor control y poder en las decisiones financieras de sus hogares, y son esenciales para acceder a préstamos bancarios seguros.
“Para mí era muy importante que las mujeres tuvieran las propiedades registradas a su nombre. Esto le da a ellas un sentido de la libertad y de autoestima”, dijo Guerrero.
Desde su construcción, La Ciudad de las Mujeres ha llevado a la creación de una red muy unida de activistas, que continúan luchando por otros derechos.
“Estas mujeres son guerreras”, dijo José Enrique Zafra, quien vive en La Ciudad de las Mujeres. “Están unidas, luchan para lograr lo mejor para su comunidad”.

Los niños crecen en un ambiente donde se promueve la igualdad de género


Si bien se llama Ciudad de Las Mujeres, porque fue fundada por madres y abuelas; hoy, sus hijos e hijas ya han crecido y todos forman parte de la comunidad.
Las niñas crecen en un ambiente en el que se valoran y promueven los derechos de la mujer y están educadas para continuar luchando por el trabajo iniciado por sus madres y abuelas; y por otra parte los niños que crecen aquí, también desarrollan una perspectiva de mundo más equilibrado, acostumbrados a ver a sus madres y abuelas como las jefas del hogar.
Con el paso de los años, las mujeres han presionado con éxito a las autoridades gubernamentales para que suministren servicios a la Ciudad de las Mujeres, incluyendo agua potable y una escuela en la localidad.
Ahora la liga está solicitando rutas de autobús, que recorran el vecindario de noche, iluminación de las calles y una escuela secundaria a la que puedan acudir los jóvenes de hasta 18 años.
Para Ortega, quien creció en el campo, donde todavía se espera que las mujeres se queden en casa y cuiden de los hijos, unirse a la liga fue un despertar.
“Antes de la liga, ni siquiera sabía que tenía derechos», señaló Ortega con su voz suave.
«Ahora sé que como mujer tengo derecho a elegir lo que quiero y a que me respeten. “Antes era una persona sometida. Ahora me siento una mujer liberada”, concluyó.

Lideresas


Todas las fotos son de archivo Elpais.com – Javier Sulé y Anastasia Moloney / Thomson Reuters Foundation.

¡Ya leiste el artículo! …. ¿Tengo razón?

Me despido con una frase de Simone de Beauvoir, quien fue una escritora, profesora y filósofa francesa feminista. Fue una luchadora por la igualdad de derechos de la mujer y por la despenalización del aborto y de las relaciones sexuales.

Miguel Alberto Zurita Sánchez. ¡No Más MGF´S! ¡Por derechos iguales! Coro 13 / 03 / 2.020.