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«Por qué mataron al tal Jesús». Por Luis Homes

Un tal Jesús

Ahora después de más de dos mil años es que yo puedo comprender las razones por las que mataron al tal Jesús de Nazareth. Yo estuve allí, ¿saben?. Viví con él, era su vecino, de jóvenes jugábamos juntos en las calles de la aldea y después de adulto, quise seguirle como uno de sus más cercanos discípulos, pero no me eligió. Y pues sus buenas razones tendría porque nunca me convertí por testarudo y tarado. Pero si lo seguí de cerca y puedo comentarle la historia de lo que vi. Y hoy, con el tiempo, decirle que ahora, solo ahora, es que comprendo muchas cosas de lo que pasó.

Pues primero y lo menos importante de toda la trama de la muerte de mi amigo Jesús es que vino a cuestionar el régimen político del imperio romano. Y ese imperio era jerárquico, rudo y poderoso. El rey Herodes era un tipo cruel de esos que por conseguir a Jesús recién nacido, pues mandó a matar a todos los menores de dos años de edad, sometiendo a la población a una verdadera masacre. Pueden imaginarse la matazón que se armó en el imperio agravada por la impotencia de Herodes de no conseguir a Jesús recién nacido. Yo era 5 años mayor y me salvé de carambolas. Pero además, porque yo era bien feo y mal parecido y pues era considerado un ser de tercera y categoría, casi una basura, solo querido y apreciado por mis padres.

Pero el reino de los Judíos era un reino de clases y de aristocracia. Estaba el Herodes y su camarilla selecta que llevaban una vida pomposa de lujos, licores exquisitos y mujeres. Y estaban los sus servidores los fariseos, escribas y doctores de la ley. Ellos se creían los sabios del pueblo porque según ellos, eran los verdaderos intérpretes de la leyes de Moisés. Un decálogo de cientos y miles de leyes y normas que iban desde cómo matar un cordero, hacer el pan sin levadura, los ritos de circuncidar a los hijos recién nacidos y el mandato de presentar los hijos varones en el templo dentro de los 40 días, por solo mencionar las más estrictas. Pero además, para todo existía formas y maneras de hacer y decir las cosas que se traducian en un control absoluto de la sociedad.

Y de pronto aparece este mi amigo Jesús, el hijo de María y del carpintero anónimo, pero muy querido de Nazareth, para simplificar las cosas y decir que solo basta un mandamiento que es el amar a Dios sobre todos las cosas y de amar al prójimo como a uno mismo. Así de sencillo. Y de paso, atreviéndose a decir que él era el hijo de Dios y que venía a conversar con nosotros de las cosas que el mismo Dios le había enseñado a él, en sus largas noches de plática y de intimidad, que él llamaba «de Oración». ¡Vaya atrevimiento ! Esa forma tan poderosa de hablar, tan sencilla de comunicar, tan elegante y certera de decir las cosas con una profundidad pasmosa, pues no sería aceptada por los Romanos ni los fariseos. Además, para colmo de provocaciones, Jesús se atrevía a hacer milagros los sábados, el día de descanso sagrado de los judíos. Imperdonable esa herejía.

Decir además que él era Dios encarnado, que él era el hijo de Dios, era para los judios una verdadera blasfemia. Cómo se atreve ese hombre flacuchento y barbudo, simple hijo de carpintero, decir que él era el Dios encarnado, que su Padre le reveló tal y cual cosa y venirnos a decir en nuestra propia tierra y en nuestro propia cara que el Dios nuestro, el castigador, el vengativo, el que nos garantiza todos privilegios y nos seleccionó como autoridades únicas y eternas del pueblo, no era el verdadero Dios. Pues sencillamente a ese blasfemo de Jesús había que matarlo. Por eso Caifás, quien era un tipo muy hábil en sus relaciones con los romanos, pues dijo una tarde cercana a la pascua, con su cara muy lavada: “Pues mira, a ese tipo tenemos que matarlo, porque es preferible que muera él y no que se nos revele todo el pueblo” y así fue que se tramó todo para capturar, torturar y crucificar a mi amigo Jesús. Y lógicamente compraron y contaron con Judas para que le traicionara.

Pero la razón más importante por la que mataron a Jesús, fue por su amor y cercanía con los pobres y humildes de Dios. En esa época, toda persona visiblemente enferma como los leprosos, eran considerados los más grandes pecadores de Judea. También los ciegos, paralíticos, sordos y mudos, los pecadores, las prostitutas, los ladrones, los bandidos y todo los que éramos considerados una lacra para la sociedad, pues estábamos así de enfermos y desvalidos porque habíamos cometidos grandes pecados o nosotros mismos o nuestros antepasados.

Y entonces viene ese amigo Jesús a sentarse en la mesa con nosotros. A sanarnos, a hacernos caminar, a hacernos ver, y todo el mundo asombrado que alguien nos tomara en cuenta, nos dedicara tiempo, nos escuchara y nos sanara sin pedir nada a cambio. Y además, a darnos la gran noticias: “Yo he venido por ustedes y por mas nadie” Y cuando alguien le pedía explicación, él pues decía pues con su forma tan simple y determinante: “Pues claro, es que yo he venido por ellos. ¿Quienes necesitan de un médico? ¡Pues los enfermos !». Y eso sí que no fue perdonado por los Judíos ni los romanos. Que diera ese mensaje de amor y entrega a los más necesitados. Y que además Jesús pusiera al descubierto, sin pelos en la lengua, que Dios no tenía ninguna preferencia por los ricos ni los acaparadores del Poder

Jesús ejercía una atracción muy poderosa a los pecadores de nuestro pueblo. A mi compadre Mateo que era el Jefe de los recaudadores de impuestos, le llamó una tarde calurosa de Agosto y la dijo “sígueme” y pues ese hombre conocido por pícaro y ladroncillo de las finanzas públicas, inmediatamente se levantó de su escritorio de jerarca y se fue y luego se convirtió en uno de los evangelistas más leídos y comentados.

A mi si que me llamaba la atención seguir a mi amigo Jesús. Pero cuando le escuché eso de dejar todo lo que uno tenía por seguirlo a él, como casa, mujeres e hijos, una vida más o menos acomodada, pues a mi la verdad me parecía como mucho. Se me hacía que era bueno seguirlo pero así como de lejitos. Solo después de mil quinientos años o cerca los dos mil años fue que me di cuenta de mi testarudez y decidí a seguirlo, sabiendo que nunca es tarde en una eternidad.

Si me preguntaran cuál de las cosas que vi de mi amigo Jesús me impresionó más, les comentaria que fue la escena de la mujer adúltera, que era la esposa de mi compadre Etasnilao. A ella la encontraron con otro hombre mientras mi compadre se había ido a trabajar a más 40 leguas de allí y los vecinos la trajeron arrastrada hasta donde estaba Jesús reunido con unos hombres de aldea, porque estaban seguros que a ella la iban a ajusticiar a pedradas como mandaba la ley de Moisés. Esa tarde fue una tarde de sadismo y gozo para todos los que estábamos allí, porque todos estábamos con piedras en la mano esperando que Jesús nos diera la orden de ajusticiar en medio de todos.

Y le decíamos y le explicabamos – como si él no lo supiera – lo grave que era el pecado cometido. Y Jesús en silencio. Y luego de un largo rato y mientras escribía en la tierra, dijo con una tranquilidad pasmosa: “Quien esté libre de pecados, que tire la primera piedra”. Y pues la verdad, yo sentí que mis manos se ablandaron y cayeron las dos grandes piedras que tenía para tirarle; y en mi mente se dibujaron todos los pecados que había cometido y lo que yo sentí fue una gran verguenza de mi mismo, y pensaba que no solo esa mujer era pecadora, si no todos los que estabamos alli. Y poco a poco nos fuimos retirando todos, uno a uno, cargando con nuestra propia pena y verguenza

Pero esa mujer fue privilegiada, porque cuando todos nos fuimos con nuestras culpas a cuestas, Jesús se le acerco y con una ternura pasmosa le dijo: “Ninguno de ellos te ha condenado. Yo tampoco te condeno. Tus pecados te son perdonados. Vete y no peques más” Y ella se fue limpia de pecado. Y nosotros que huímos de vergüenza, pues nos quedamos llenos de inmundicia y culpa, por querer juzgar lo que ella había hecho a mi compadre Etasnilao. Menos mal que con el tiempo, Jesús también nos perdonó.

Por eso queridos hermanos mataron al tal Jesús. Por proclamarse hijo de Dios. Por quebrar las reglas del poder omnipotente. Por estar cerca de los más humildes y pobres pecadores y por venir a salvar a la humanidad pecadora.

Luis Homes

سركيس دياربي

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