Letras

EL POETA ROJO. Por Julyrma Jiménez

Imagen del artículo: «Hugo Fernández Oviol, Poeta Nacido en Cabure», de Camilo Morón

EL POETA ROJO

La primera vez que lo vi fue en casa de mi estimada Beatriz Rivera, entonces Profesora de Semiología, Semántica y Cosas Escritas de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda UNEFM en Coro estado Falcón. Me pareció que era rojo, es curioso ver a una persona y pensarla de un color… Su apariencia física, su voz de trueno y su modo de hablar me hacían ver en él a un San Nicolás criollo repartiendo poesía rimbombante de volantines, pájaros y guitarras a los muchachos. Hablaba con un seseo particular y explicaba en ese momento el origen de la palabra “guachimán” entre lo que no se si eran risas o lágrimas porque parecía reír y llorar al mismo tiempo, tenía el don de maestro. Allí escuché de sus labios y por primera vez su poema El Papagayo, recuerdo que me senté a su lado con un lápiz y un cuaderno y le pedí que lo repitiera y me lo entregó con toda su alma, entonces desde mi oficio de Cuentacuentos hice mío el volantín de sueños, lo hice cuento y lo llevo aquí prendido en el pecho, como traigo a 12 Variaciones alrededor de una guitarra, a Lisandro, a Hola amor, a Venid a conocer a esta muchacha, a Nada extraordinario, a Vamos a pasear amor debajo de la lluvia y El Caballo de Ibrahim, entre otros tantos.
Cada vez que veía a Hugo Fernández Oviol, me parecía ver a un poeta de siglos, mi querido poeta rojo ya septuagenario para ese momento… parafraseando uno de sus poemas este poeta era el alba, cuando él llegaba, todos los pájaros tenían alas y todos los caminos tenían flores. En cada encuentro, Hugo me saludaba y “era como si me regalara una guitarra.”

Hugo Fernandez Oviol


Recuerdo que en diciembre del año 1997, en vísperas de mi graduación de Gerontóloga, Hugo me llamó para darme un regalo. Llegó con su guayabera blanca, su portalentes en un bolsillo, su pequeña agenda en otro y me entregó un sobre manila: ”Tu regalo de graduación, querida mía”. Era un libro con una recopilación algunos de sus poemas y cuentos con dibujos del artista plástico Nicasio Duno, se llama: Julirmísimo (un libro para navegar en la voz de Julirma): un diamante entregado como si fuera un trozo de carbón.
Nació en 1927 en Cabure, en la sierra falconiana, donde decía que debió nacer Dios. En el año 2006 andaba aún suelto por el aire el caballo cósmico de Ibrahím López García y aprovechó la cercanía para pasar por Hugo y llevárselo también a vivir a otra galaxia, seguramente entre alas de mariposas y hojas de palmeras.

El papagayo


Hace mucho tiempo cuando aún cabalgaba el potro pío de la infancia, solía ir a una huerta situada detrás de mi casa y pasarme horas enteras elevando un papagayo.
-Perdedera de tiempo, ganas de hacer nada; decía mi familia, y me colmaban de reproches y se empeñaban en demostrarme la inutilidad de mi esfuerzo y la necesidad de aprender y hacer cosas útiles y ¡nunca les hice caso!.
La vida a golpes, me ha enseñado que no se hace compañía juntando soledades, ni se construyen puentes con serpentinas, ni se evitan bombardeos creando pájaros; pero, yo soy tonto definitivamente y sigo elevando el papagayo.


Hugo Fernandez Oviol

Variación 10


-¡Hola! amor –me decía- y era como si su voz
envolviera chocolatines en la tarde,
como si la candela izara hasta el tope su bandera
y el clavo de olor se hiciera capitán de barco.
-¡Hola! amor –me decía- y adquiría alas mi pañuelo,
se trocaba en mariposa mi corbata
y una venadita de azúcar saltaba limpiamente
de una a otra orilla de mi sangre.
-¡Hola! amor –me decía- y el aire me entregaba
su cesta de naranjas.
-¡Hola! amor,
y el alba encendía su claro cigarrillo,
el río se lustraba los zapatos y el viento acuñaba
una moneda
para contratar un profesor de flauta.
-¡Hola! amor –me decía- y era como si me regalara
una guitarra.


Hugo Fernandez Oviol

Nada extraordinario


Yo no pido nada extraordinario:
a nadie he dicho, por ejemplo,
córtate la mano derecha
y entrégamela entre rebanadas
de pan blanco.

¿Acaso he dicho a alguien:
olvídate del nombre de tu madre
y cava una inmensa sepultura
en el vientre de tu hermano?

No. Yo no pido nada extraordinario,
ni uno solo puede desmentirme
cuando digo:
yo no he pedido a nadie
que se saque los ojos
para que el sol le lama
la cicatriz del llanto.

Es más a nadie he pedido todavía:
amamanta la mitad de tu sed
para que me regales
la mitad de tu agua.

Yo sencillamente he dicho:
No quiero que mi hermano
sufra hambre,
no quiero que le roben
su trabajo,

no quiero que sea muerto
en tierra extraña…

Y sin embargo,
hay gente enfurecida
dispuesta a romperme
la guitarra,
empeñada en disecar
mi voz,
sobre el madero oscuro
de una encrucijada,
resuelta a convertir
mis huesos
en harina amarga
y carcelaria…

Yo no los comprendo, amigo,
yo no pido nada extraordinario.


Hugo Fernandez Oviol

EL CABALLO DE IBRAHIM

Hay algo terriblemente soez en la mente moderna;
la gente, que tolera toda suerte de mentiras indignas
en la vida real, y toda suerte de realidades indignas,
no soporta la existencia de la fábula.

Octavio Paz

Para Julyrma

Había una vez un hombre bueno llamado Ibrahim. Era un genio, un ilusionista, que andaba lleno de ciencia, de sueños y de amor. Como es lógico, este hombre maravilloso había nacido en Cabure y como yo tuve la suerte de nacer en el mismo lugar y algunos creen que soy poeta, naturalmente, Ibrahim y yo fuimos amigos.

Durante la infancia practicamos los mismos juegos, fuimos a la misma escuela y compartimos miedos y alegrías. Más tarde anduvimos juntos un largo trecho compartiendo la idea de cambiar al mundo.
Últimamente habíamos establecido una hermosa relación: cada vez que nos encontrábamos yo le hablaba de mis nietos y él me entregaba sus sueños y sus nuevos conocimientos e invenciones; así por ejemplo:

– Yo le decía Ricardo, mostrándole una cascada musical; y él me hablaba de las galaxias y me regalaba un caballo cósmico.
– Yo le decía Patricia, liberando un centenar de mariposas; y él me hablaba del cosmos y me convencía de que somos polvo de estrellas.
– Yo le decía Hugo Alejandro, haciendo brotar un chorrito de agua de la tierra; y él me hablaba de la sed y me entregaba la forma de bebernos el agua del mar.
– Yo le decía Alejandra, entregándole un ramo de rosas; y él me hablaba de la contaminación ambiental y me regalaba una cocina solar.
– Yo le decía Pedro Rafael, mostrándole una parábola que va desde mi padre hasta mi nieto; y él me hablaba de la estabilidad del movimiento y me entregaba su nave universal.

Sin embargo, no todos queríamos a Ibrahim. Los circunspectos señores del claustro universitario, los prósperos constructores del cemento y la cabilla; los vendedores de gas y energía eléctrica; los fabricantes de licores y cigarrillos; los importadores de aviones y automóviles; sintieron amenazados sus sacrosantos intereses y declararon la guerra a los sueños de Ibrahim: le negaban los recursos para sus investigaciones, saboteaban el proceso de sus experimentos y robaban el resultado de su trabajo; pero, como Ibrahím no se rendía, cambiaron de táctica y lo declararon loco, apedrearon su casa, le negaron el pan y el agua y terminaron pretendiendo sepultarlo debajo de una espesa capa de silencio.

Ibrahím continuaba erguido y desafiante; pero un día sintió un inmenso cansancio y recogió sus sueños, sus angustias y sus esperanzas, los metió en una pequeña alforja, montó en su caballo cósmico y se fue a vivir a otra galaxia.
Desde entonces yo ando solo con el amor de mis nietos y con la esperanzada seguridad de que el galáxico caballo de Ibrahim anda suelto por el aire.

Hugo Fernandez Oviol

POETA. Jesús Sevillano

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