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EL TUCUSITO CAMORRERO. Por Julyrma Jiménez

Tucusito

EL TUCUSITO CAMORRERO

(¡A Luisa Acosta de López, porque es toda suya esta historia!)

Cuando Luisa se asoma por la calle principal del pueblo, los ojos de Marcelino se iluminan como si la viera de siete años. Mientras, Tomás se levanta del porche con la velocidad de sus años perrunos y batiendo la cola sale a recibirla con una alegría semejante a la del personaje animado estadounidense Droopy. Marcelino baja las escaleras y abre la reja que una vez fue de color rosado.

Luisa revive su infancia desde que ve la casa blanca en la distancia… Las columnas de la entrada que cuatro décadas atrás parecían los faros de sus libros de lectura, ahora se ven como pequeños faroles de cemento. Tomás siempre se adelanta a saludarla y Marcelino le regala uno de esos abrazos que te renuevan la vida. Entonces, se sientan a contarse historias, sueños e insomnios acumulados con vista hacia el jardín dividido por las escaleras de la entrada, en él conviven ixoras rojas, cayenas rosadas, clavellinas rojas, un samán de jardín, entre otras plantas ornamentales y diversidad de visitantes naturales como grillos, mariquitas, mariposas y pájaros.

El samán de jardín es el favorito de un pequeño tucusito verde oscuro que visita el vergel cada mañana; arbolito también concurrido por reinitas, paraulatas y otros colobríes.

Cuando el tucusito ve a otras aves en el jardín, sus ojos se fijan en ellas como pequeños dardos a punto de ser lanzados, sus plumas parecen volverse más iridiscentes, su zumbido se hace más fuerte, realiza un especial vuelo hacia atrás como tomando impulso y posteriormente avanza aleteando rápidamente detrás de ellas hasta correrlas de su territorio para quedar un rato como flotando en el aire moviendo su largo y delgado pico observándolas mientras se van y sacudiéndose en señal de reclamo o advertencia. Una vez despejada la zona de «intrusos», se devuelve hasta el samán de jardín, se posa por un instante en alguna superficie, algo agitado por los eventos enfrentados, para luego comenzar a succionar el néctar de las flores.

Un día, sin despegar la vista del tucusito camorrero que se encontraba a sus anchas libando en el jardín, Luisa le contaba a su papá que había leído en alguna parte que las plumas de los colobríes son mágicas porque atraen el amor. La avecilla volteó a mirarlos como si estuviera oyendo la conversación. Desde entonces, de vez en cuando, el pequeño colibrí pasa por el porche de la casa dejando caer una de sus brillantes plumas para que en casa de Luisa nunca falte el amor.

JULYRMA JIMÉNEZ

EL COLIBRÍ Y LA FLOR. Soledad Bravo

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