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MAMÁ GOYA. Por Julyrma Jiménez

Mamá Goya

MAMÁ GOYA

Una parte de mis buenas remembranzas de la infancia son cuando, en vacaciones, íbamos a casa de mi abuelita Gregoria: llano adentro, a orillas del río Portuguesa.

Recuerdo el caserío de unas veinte casas distanciadas irregularmente unas de otras, construidas, en su mayoría, de troncos, bahareque y zinc, con pisos de tierra, patios amplios y árboles de sombra.

La casa de mi abuela tenía varios árboles de acacia en el patio frontal; al fondo tenía una barbacoa que una vez fue una canoa, donde se exhibían los cebollines, el cilantro de monte, los ajíes dulces y una mata de yerbabuena, más atrás había un viejo tambor con una mata de higo que yo siempre revisaba y si encontraba algún fruto esperaba que madurara para comérmelo; cuando mi abuela se percataba de ello, preguntaba en voz alta:»¿Quién se habrá comido el higo?», interrogante que se quedaba siempre suspendida en el mismo aire donde la vociferaba.

Más allá de los estantillos y alambres de púa que conformaban la cerca, estaba el monte: para mí era como el bosque de los cuentos, lleno de diversidad de vegetación y animales, con más o menos verdor según la temporada: allí íbamos todos a hacer nuestras necesidades, siempre buscando un buen árbol detrás del cual resguardarnos de las miradas de algún otro usuario de aquel baño colectivo. En una oportunidad, fui con tres de mis primas y alguien comenzó a tirarnos piedritas, escuchamos un sonido como de risitas traviesas; cuando alzamos las miradas vimos entre las ramas a unos seis araguatos que parecían burlarse de nosotras. Ese día llegamos a casa más rápido de lo previsto.

Entre el monte y la cerca había un palo de cerezas (conocido en algunas partes como semeruco), yo me iba a hurtadillas a comerme los frutos verdes y mi abuela siempre me descubría y me decía:»No se coma las cerezas verdes, porque se tupe.»

En todas las viviendas había cría de gallinas o guineos o patos o pavos o todos, mi abuela tenía de todos: una vez llegué a contar sesenta guineos, ochenta gallinas, doce pollitos, dos patos, cuatro paticos y dos pavos, estos últimos, se paraban en un lado de la mesa a las horas de comida y al menor descuido, metían su pico en los platos de peltre que tanto me gustan. Cuando uno los miraba, volteaban a ver para otro lado; mi tío Italo siempre descubría a alguno y le decía:»Pavo, te voy a comer en diciembre, pavo» y el pavo respondía con un glugluteo.

Algunos habitantes de El Socorro criaban cochinos o vacas o ambos tipos de ganado. En una oportunidad, escuché de una becerrita, que estuvo a punto de morir en un lodazal y por eso la llamaron «Si la viera». Una de mis partes favoritas de aquellos días era ver ordeñar a las vacas, mirar a los becerritos y luego tomar café con leche de vaca y pan dulce.

Otra de mis partes favoritas eran las mañanas, cuando mi abuela preparaba el café negro y lo servía en su taza de peltre de flores, entonces se paraba en la puerta de la cocina y desde allí podía ver a los que pasaban por el terraplén: única carretera del caserío, y todos miraban para allá y le decían: «Bendición, mamá Goya», y ella levantaba su mano derecha y les enviaba una cruz por el aire acompañada de Dios, la Virgen y algunos santos, preguntando luego por todos los familiares del caminante, en especial, si había algún enfermo. Al rato, cualquier señal era buena para que mi abuela dijera el refrán del día y antes de decirlo miraba hacia la orilla del barranco como si atravesara el río con sus ojos castaños.

Se asoma a mi memoria el día que un gobernador del estado Guárico visitó El Socorro de Portuguesa, llegó en helicóptero. Ese día hicieron un hervido de gallina en casa de una prima para ofrecerle a los visitantes y al día siguiente tempranito, pasó un primo mío y mi abuela le preguntó:

  • «¿Y la gente se tomó la sopa?.
  • «Si, abuela, pero no alcanzaba pa’l piloto y el copiloto y le echaron más agua».
  • «Carajo, y ¿por qué no los trajeron pa’cá pa’ darle un bocao de comida a esos pobres hombres?.»
  • «Esos andaban muy apuraos, abuela, no habría dao tiempo.»
  • «¡Jum! Es que muchas manos en la sopa ponen el caldo morao, en este caso, aguao.»

Y así permanece ella en el corazón de mi memoria: Gregoria de Zapata, mujer noble, trabajadora, ocurrente, de carácter fuerte y querendona a la vez y refranera… Entre muchas virtudes.

JULYRMA JIMÉNEZ

CANTO DE LA ABUELA. Pablo Milanés

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