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Por allí está el Licenciado (Relato de Migrantes en Serie: «VII. El Compromiso». Por Luis Enrique Homes

El compromiso

Rosa se las ingenió para conseguir el teléfono del licenciado e invitarlo a conversar en su casa. El tema era obvio: Que iba a hacer y cómo iba a responder con la barriga que le había puesto a su hija Andrea, a punto de cumplir 16 años de edad. “Con mucho gusto Rosa, yo paso por su casa el Jueves después de las 6 de la tarde y allí mismo arreglamos todo” le respondió el licenciado apenas atendió la llamada y sin esperar de Rosa ninguna explicación de su invitación.

Rosa estuvo nerviosa desde el lunes hasta el jueves. No tenía un momento de tranquilidad al pensar que podría pasar en esa reunión. Comía y dormía poco. ¿Se pondrían a pelear el licenciado y su mama por el repentino – pero lógico – embarazo? Su mamá era una mujer pacífica y hasta sumisa pero en un par de ocasiones la había visto como una fiera cuando se cometía alguna injusticia, como cuando no la querían aceptar la inscripción de Andrea en la escuela porque en la partida de nacimiento no aparecia el nombre de su papá y ella se negaba a dar más detalles. Con seguridad, su mamá quería protegerla del anonimato de la paternidad o del abandono económico que significaba levantar los hijos sola y sin oficio conocido.

Llegó el jueves y Rosa hizo que Andrea se vistiera de manera formal, como si fuera a recibir la visita de alguien desconocido o alguien que nunca la hubiese visto desnuda. “Póngase el traje que tiene preparada para su confirmación, así le quede apretado”. A las 6 de la tarde el licenciado estaba tocando la puerta. Llegó asistido por sus dos guardaespaldas. El grandulón traía una bandeja de arroz con frijoles y 4 pollos asados; y el enano, traía dos botellones de limonada fresca, la bebida preferida de Andrea. Rosa los hizo pasar a los tres, pero apenas colocaron las bolsas sobre la mesa. el licenciado le hizo señas a los asistentes de que se fueran. La casa quedó inundada de la fragancia Jean Marie Farine, muestra de que el licenciado venía preparado para un encuentro de importancia.

Rosa los mandó a sentarse a los dos. Sin preámbulos y en un tono de libreto preparado, le hizo una reseña al licenciado de la vida de Andrea (obviando la misteriosa paternidad) para concluir que el trabajo de asistente de Rosa, la había causado el embarazo. Así Rosa estaba colocando las cosas como si la barriga de su hija fuera un accidente de trabajo, como cuando un soldador se le quema el rostro por no usar el casco protector.

“No se preocupe Rosa que yo voy a responder por ese muchacho”, dijo con firmeza como prediciendo el sexo. “Yo lo hice y ese muchacho es mío” fueron sus palabras seguras. “Y no solamente voy a responder por el muchacho, si no por Andrea y hasta por usted. Vea Rosa, vamos a hacer las cosas simples y sencillas. Yo quiero proponerle que la casa de la abuela que está al lado, la dejemos para que Andrea viva con el niño, y por supuesto para que yo pueda venir y estar yo allí también, cada vez que pueda. Yo estoy necesitando un sitio más grande en el que pueda trabajar y atender mis clientes. Allí al lado yo puedo hacer una oficina en la parte delantera y la parte de atrás o posiblemente hasta en un segundo piso, quedaría una buena casa, con pocas modificaciones. Así usted queda de vecina de su hija y la podrá visitar cuando quiera.”

Con una tranquilidad pasmosa agregó: “Yo no le digo que yo voy a vivir allí pues yo tengo mi familia y otras cosas pendientes aca en Rio Blanco, y viajo bastante. Pero sí, con mucho gusto yo doy mis vueltas. Piénselo qué va a salir muy bien y me avisa apenas pueda.”
Rosa estaba sorprendida de la franqueza, simplicidad y audacia del Licenciado. Le hizo ahorrarse muchas preguntas, cuyas respuesta ya sospechaba. De un momento a otro, ya tenía yerno, vecino y garantía económica para ella y su hija. Era un vuelco a su vida humilde y anónima.

Andrea, desde que se sentó, parecía estar completamente ausente en la reunión. Le dio nuevamente lo que ella había comenzado a llamar y recordar como el “ataque de la estatua”: De pronto se quedaba inmóvil, petrificada. Como si un manto de cemento la cubriera y le inmovilizara la mirada, la respiración, los gestos, todo el cuerpo. Nadie la había dirigido la palabra en la reunión, en la que se trazaba su destino y se jugaba sus próximos días.

El licenciado se levantó con naturalidad de su poltrona y le dijo a Rosa piénselo bien vecina, ya le dije que contara con mi palabra. Se quiso a acercar a Andrea, pero como la vio como una obra de arte en exhibición, sin ningún movimiento, dio la vuelta y se fue no sin antes recordarle a quien ya consideraba su suegra: “Allí les traje la cena. Tengan buen provecho y nos hablamos pronto. Y recuerdele a Andrea mañana de lo que hablamos hoy”

Luis Enrique Homes

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