Historia,  Letras

«POZO DE SOMBRAS LA NOCHE». José del Carmen Barroso

POZO DE SOMBRAS LA NOCHE

La noche coriana, de un día cualquiera de comienzos de la década de los años noventa, parecía un pozo de sombras, como dice el proverbial tango, y yo caminaba con un grupo de amigos muy despacio sin temor al tiempo porque la juventud era conmigo. En ese entonces yo era un coriano de Costa Arriba, que había venido desde los verdes profundos de Mirimire a cursar estudios universitarios y quería escribir crónicas sobre los bares de Coro, porque, influenciado por las películas del director español Pedro Almodóvar, me interesaba el mundo sórdido y las historias rocambolescas. Para eso era necesario adentrarme sobrio y escrutador en los recovecos de la noche; y salir de ellos ebrio, al filo de la inconsciencia.

Había encontrado una lista de bares en algún libro de nuestro querido amigo y cronista sentimental de la ciudad, Tito Guerra, todos con nombres de tangos o boleros, dos géneros que calaron hondo entre nuestra gente. Aunque el bolero, por su ausencia de piruetas y dificultades dancísticas fuese el predilecto de los enamorados de esta geografía para juntar y mecer suavemente sus cuerpos al ritmo de una pena de amor o de sus propios y ardientes deseos. La Cumparsita, La Barca, El Garúa, Loco Lindo, Noche de Ronda, recuerdo que estaban en aquel inventario dionisíaco. Había visitado noches antes los bares de Pantano Arriba, los que aún existían de aquella lista del profesor Guerra, y ahora era el turno de los bares del Mercado Viejo y el barrio La Guinea.

Luego de tomarnos varios tragos en La Barca, ante los murales de brillante pintura de esmalte que decoraban aquel lugar, alguien avisó que ya era hora de irnos al Garúa. Y hacia allá nos dirigimos caminando, como debe recorrerse Coro, mientras el sereno procura domesticar la calura y la cabra sin ojos del poeta Rafael José Álvarez «cruza el viento y tasca la noche negra y embrionaria».

Llegamos al Garúa y al traspasar las batientes nos quedamos pasmados como quien ve una aparición, como quien ve uno de esos espantos que a esa misma hora recorren también la ciudad, porque «en esta ciudad (por si alguien lo pone en duda) espantan, por Dios que espantan», me lo dijo Miranda, el poeta, plantado como un ángel, bajo la luz de un poste de la calle Zamora, y yo le creí y le sigo creyendo, pues me lo dijo con el rostro encendido por el cocuy y quien lleva cocuy en la sangre no miente.

Entrar al Garúa fue como entrar al carro de los años 20 de la película de Woody Allen «Medianoche en París», aquella en la que un vehículo o un carruaje le servían a un escritor como máquina del tiempo para trasladarse a 1920 o al cabaret Voltaire de la «belle epoque». Con la diferencia de que tras esas puertas batientes habíamos descubierto al Coro de los años 40 y 50, incluso, de los 60 y 70. Allí estaban un cuadro de Gardel y una foto de Marilyn Monroe, entronizados como imágenes principales de aquella capilla pagana. Y por aquí y por allá un retrato de Farrah Fawcett, otro de Cherry Navarro o de cualquier estrella bosquejada por Castejón; un cartel de Pepsi Cola de los años 1600, y otros de refrescos Grapette y Bidú, al lado de una publicidad de Kerosene Shell, de Cafenol y de cigarrillos Lido impresa esta última en reluciente papel glasé. Y lo más grandioso: aquella rockola de cristal cóncavo que encerraba en su interior, como a un pájaro, una foto de la casi olvidada Chichí Caldera en el show de Víctor Saume.

Barra del Garúa

Llegué a casa al borde del amanecer y después de tomarme un café me senté a escribir una crónica que titulé «En el cielo de Marilyn y el arcángel Gardel». El poeta Emilio Chirino coordinaba en esa época una página literaria en el desaparecido diario La Prensa y consideré conveniente darle mi escrito para que lo publicara ahí. Esa ha sido la crónica que más se ha publicado en Coro. Lo juro. No porque fuese buena, sino porque cada vez que la publicaban cometían tantos errores de tipeado que yo indignado iba al periódico y exigía que la publicaran nuevamente. La última vez que la publicaron, el poético título que tanto me enorgullecía se había convertido en algo así como: En el suelo con Marilyn y en la cárcel Gardel. ¡Por Dios!

Bueno, tal vez exagere.

Disculpen la subjetividad de este texto que debió ser discurso de orden y ha devenido en crónica, pero no puede ser de otra manera, porque la historia del Garúa es también la historia de cada uno de sus clientes, la de aquellos hombres que lo frecuentaban hace 80 años y la de esos jóvenes que en la actualidad lo descubren y lo visitan con el mismo asombro de los jóvenes de otras épocas, y se hacen selfies y escuchan con atención las historias del mejor cronista oral de Coro, quien, como escribiera Enmanuel Camejo, «se desarma en anécdotas»: Luis «Wecho» Ruiz, descendiente de aquel Luis que ocho décadas atrás, en 1943, en la misma esquina donde funcionara la bodega de Telósforo Ruiz, fundara esta historia, el mismo año que Francisco Fiorentino grabara el tango Garúa con letra de Enrique Cadícamo y música de Aníbal Troilo para la casa discográfica RCA Víctor.

Yo me imagino a aquellos primeros clientes asiduos hablando de sus amores, de sus cuitas y venturas, o cantando a viva voz el bolero más «corta-vena» a falta de palabras para verbalizar su propio melodrama de radionovela cubana; comentando las noticias que el ocurrente Márquez Yánez había leído ese día en Radio Coro, sobre la segunda guerra mundial, tal vez, o sobre alguna inauguración del presidente Medina Angarita. Me imagino a un cinéfilo, a un Alejandro «Morrison» García de los años 40, contando emocionado que había leído en el diario La Esfera o en el recién creado diario El Nacional la reseña sobre el estreno en Caracas de la película Doña Bárbara, basada en la novela del gran escritor venezolano Rómulo Gallegos, estelarizada por la joven y prometedora actriz mexicana María Félix.

Me figuro también a los vecinos del bar tarareando las melodías que surgían de la rockola y que llegaban, debilitadas ya, hasta sus casas, esos mismos vecinos nobles que aún hoy permanecen en el barrio, entre los cuales hay que mencionar a los Ruiz, Pirona, Castro, Curiel, Camacho, Rojas, Martinez, Acosta, Quiñones, Jiménez, Borges, Véliz, Dirinot, Faneite, Sánchez, Miquilena, Mora, Silva, Piña, Namías, Zamarripa, Acacio, Cobis, Hernández, Atienzo, Revilla, Arión, Riera, Pinedo, Petit y Granadillo familia, esta última, que contaba y sigue contando, al igual que la familia Véliz, con mujeres de belleza inigualable.

Paredes del Garúa

Un bar, dije un día como hoy del año 2018, no es solo un espacio físico donde se celebra la vida o se ahogan las penas en alcohol, sino también es metáfora de una ciudad. Sí, eso es precisamente el Bar Garúa, una metáfora, un símbolo, pero también un Aleph como el de Jorge Luis Borges, donde convergen todos los puntos de Coro. Este bar, que viene del barro amasado con el agua escasa que el viento que nos rige, se dignó dejar caer sobre la reseca tierra antes de lanzar lejos las nubes; y que fue cocido con nuestro fiero y encrespado sol, ha sido testigo de cómo la ciudad ha ido rebasando el espacio de su centro de casas, hermosas y monumentales, construidas en tiempos de la colonia y que en un una época eran la única representación de Coro, su espacio urbano, su historia y cultura, y ha creado diversos anillos, como escribiera Ángel Rama, desde donde en la actualidad se puede enunciar también la ciudad.

Cuando uno dice El Garúa, dice también La Guinea, y cuando pronunciamos La Guinea, es la palabra Coro la que resuena en nuestra mente, esa que designa una ciudad que se extiende en todas direcciones mucho más allá de las 400 varas castellanas que conforman el espacio incluido en la declaratoria de la UNESCO de Coro y su puerto de La Vela Patrimonio de la Humanidad.

Aquí, en lo que para algunos sería el margen, también hay riqueza patrimonial: la primera, la representada por su gente buena y noble, que conserva la gentileza y hospitalidad del pueblo originario guiado por Manaure; que guarda, como tesauro vivo, expresiones que nos distinguen, la «fabla», diría el poeta Paúl González Palencia, que configura nuestro gentilicio coriano; gente que a través de la oralidad y de la escritura luego, como es el caso de Eudes Navas Soto, Nelson Arteaga Pachano, Juan Orlando Aguilar y Tito Guerra, transmiten sus historias mínimas, pero no por ello menos importantes que la historia oficial; que retrata a sus personajes populares con lenguaje amoroso, que baila al ritmo del tambor y canta como quien reza con inquebrantable fe.

Y está esa otra riqueza patrimonial, la de sus espacios, unos sencillos, pero con calidez para la vida familiar, otros para el tránsito y otros para la socialización. En estos últimos espacios, verbigracia el Garúa, se afianzan amistades, se comparten vivencias, se entrelazan anécdotas, se inician amores, se generan manifestaciones culturales, se arraigan tradiciones, se intercambian vocablos, se vive la ciudad toda, a plenitud, en igualdad. Eso lo han entendido siempre nuestros poetas y artistas plásticos, nuestros músicos y hacedores de cultura en general, quienes desde los años 50 del siglo XX han acudido puntuales a la barra de este bar a compartir entre tangos y libaciones su sensibilidad creadora, sus universos particulares, sus visiones del arte y de cuanto tema existe sobre la faz de la tierra. Desde que los poetas Hugo Fernández Oviol y Ramón Daniel Medina descubrieran esta esquina de gracia, en los tiempos de la temida Seguridad Nacional, y comenzara luego su conquista por intelectuales y sabios como Virgilio Medina, el bachiller Amaya y don Luis Dovale, aquel que ocultaba en el bar, en complicidad con don Luis Ruíz un multígrafo para la lucha subversiva, este bar ha contado con los latidos de demiurgos de la palabra, de la imagen y los sonidos para prolongar su existencia. Entre sus cuatro paredes retumbó la voz grave, como «un toro de percusión», del poeta Rafael José Álvarez, circuló el verbo cronicario de Nelson Arteaga Pachano y Eudes Navas Soto; la poesía se volvió “casa plena” con los poemas de Paúl González Palencia, y con los de Ramón Miranda, Darío Medina, Pedro Sierra, Darío Polanco Bravo y Luis Alfonso Bueno, quien por desavenencias políticas con el fundador hizo un receso de cincuenta años, hasta que en 2017 retornó como el hijo pródigo con un poema de reconciliación bajo la manga, el cual reza entre sus versos:

«Sin confinarse al mínimo universo
Garúa dice Coro, y si tuvieran
color los sentimientos
en el de la modestia estaría el suyo,
y la voz de Luis Ruiz que le dio nombre
-ya más de medio siglo de los de antes-
puede reflorecer en otras voces
que arden generaciones y promesa.»

Y más adelante:

«Dice tanto Garúa en su gran lengua
que ya es Coro quien habla.
Y es cuando digo apenas
que esta casa hace esquina con la vida».

La tradición de estos poetas de hacer del bar Garúa espacio vital para el encuentro la continuaron los escritores de las generaciones subsiguientes: César Seco, Celsa Acosta, Ulises Daal, Emilio Chirino, Gregorio Meléndez, Simón Petit, Olimpio Galicia, Rubén Darío Tinoco, Liliana López Sánchez, Emilis González Ordóñez, Raquel Tirado, Maylen Sosa, Marvella Correa, así como una novísima generación integrada por Iván Gómez, Cristina Gutiérrez, Liwin Acosta, Anthony Alvarado y Ricardo Díaz Borregales.

A esta pléyade hay que unir los nombres de artistas plásticos como Domingo Medina, considerado la A del arte falconiano, el iniciador del discurso plástico moderno entre nosotros y fundador de la Escuela de Artes Plásticas Tito Salas. Junto a Medina el bar recibió también a Roberto Chirinos y la magia de sus duendes, Emilio Peniche y sus rostros melancólicos ocultos en su carpeta, Julio Camacho, Chucho Ruíz, Erwin Dovale y su algarabía, Henry Curiel, de quien se conserva en el bar una de sus primeras obras escultóricas; José Gotopo y su inteligencia luminosa haciendo gala de su irónico humor; la hermosa Haydée Granadillo, una de las primeras mujeres en atreverse a entrar al bar, como Trinidad y Cristela Cham; Régulo Gutiérrez, Emiro Lobo, Alirio Sánchez, Nicasio Duno, el artesano Alexis Sánchez (gran amigo del bar y siempre solidario con los proyectos del Garúa), Alexis Sánchez Hidalgo, Wiche Colina, Mercedes Zavala, Francisco Sánchez, Manuel Coronado, Leonel Vera, Mario Loaiza, Pemo, Frank Contreras, Rómulo Peña, Jhomar Loaiza, Orazio Scarcella e Ysabel Pernalete. Imposible soslayar al gran actor Alfredo Medina encarnando ora a Hugo, el poeta; ora a Miranda, el precursor.

Al extenderse la fama del Garúa como uno de los mejores sitios del país para la bohemia, el bar ha recibido con beneplácito la visita de personajes de nombradía nacional e internacional como Julio Jaramillo, Alberto Granados, Manuel Alfredo Rodríguez, Manuel Caballero, Manuel Bermúdez, Luis Alberto Crespo, José Balza, Juan Nuño, Alfredo Silva Estrada, Sonia Sanoja, Reinaldo Pérez So, Vladimir Acosta, Régulo Pérez, Gabriel Jiménez Emán, Gustavo Dudamel, Aldemaro Romero, Inocente Carreño, Carlos Duarte, Floria Márquez, Huáscar Barradas, los hijos de Alfredo Sadel, Suso González, Román Chalbaud, Dilia Waikarán, Fina Torres, la periodista Valentina Quintero, la miss Venezuela María de las Casas, acompañada por la marquesa María Isabel Zárraga Tellería y otras damas pipirisnais.

La Rockola del Garúa

Es justo y necesario recordar a los músicos populares de Coro que han forman parte de la banda sonora de esta historia:

Benjamín Mora, Adán Fornerino, Paché Vargas, Miguel Camacho y la Camachera, Raúl Penso, Maiolino y los músicos de la Orquesta Sinfónica, los hermanos Gustavo e Israel Colina, Amador Muset, el Gordo Valles, Orangel Lugo, Alí Chirinos, El Inmenso, Manuel Pachano, y muchos otros que se me escapan porque esta es una lista parcial y arbitraria, hecha de memoria y la memoria es traicionera. Espero que los no nombrados me puedan disculpar y sepan que también son importantes e imprescindibles en este relato sobre un fragmento de nuestra bien amada ciudad, la cual está hoy de júbilo porque el Consejo Legislativo del Estado Falcón ha decidido reconocer aquí, en esta emblemática plaza, la importancia que tiene el Bar Garúa para la cultura coriana y declararlo patrimonio cultural, no solo de la ciudad de Coro, sino del estado Falcón en general. No podía ser en otro lugar este evento si no frente a la muy querida familia Pinedo, portadora de las llaves de La Guinea y de todo Coro, familia noble fundada por la recordada Perminia, sacerdotisa de la bohemia coriana, según el testimonio del inconmensurable cronista Eudes Navas Soto. Este acto marca un precedente en el reconocimiento de nuestros espacios populares como valores culturales que deben ser preservados para generaciones futuras como testimonio de un tiempo y una sociedad de altos principios morales, de solidaridad y de respeto.

¿Qué hacer con la ciudad? Se preguntó en 1965 la poeta, coriana de San Luis, Lydda Franco Farías. Ya tenemos la respuesta. Ya sabemos qué hacer. Entonces hagámoslo.

Señoras, señores, gracias plenas.

José del Carmen Barroso

(Discurso pronunciado en la sesión solemne del Consejo Legislativo del Estado Falcón en ocasión de la declaratoria del bar Garúa como Patrimonio Cultural del Estado Falcón)

GARÚA. Roberto Goyeneche

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