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RENACER. Por María Mendoza

Renacer

RENACER


Tirado en el sofá de la sala, se dijo a sí mismo no volver a beber jamás; esas fiestas con los amigos ya no le estaban gustando.
Roberto, era un joven de unos escasos 20 años, estudiante de medicina, que desde hacía un tiempo para acá había tomado como costumbre con unos compañeros de estudios, tomar licor todos los fines de semana, que luego ya no fue sábado o domingo, sino que empezaban desde el viernes al salir de clases o terminando algún examen, su madre ya no sabía de qué manera decirle que eso estaba mal, que no solo le hacía daño a su salud, sino, que terminaría aplazado en el semestre.
Ese viernes, se convirtió en fin de semana largo, con la excusa de haber defendido un tema que sería evaluado como la mitad de la nota de la materia y haber salido bien, se fueron a un pequeño local cercano a la universidad, estuvieron bebiendo y bailando un rato, luego, uno de los jóvenes, que se notaba era el que dirigía al grupo, les sugirió irse a su casa y continuar allí la celebración. Roberto no quería ir porque luego le costaría regresarse a casa, pero, Paola, la chica que a él le interesaba y quizás por la que se unió a ese grupo le insistió que la acompañara.
Una y otra vez recordaba todo lo que bebieron, lo que hicieron en casa de Julián, como Paola veía por los ojos de ese chico, que se desencantó de ella y de ese grupo que no solo no estudiaban, sino que se aprovechaban de él, le pedían que les hiciera alguna tarea, les contestara los exámenes, y por supuesto que él defendiera los proyectos grupales. Razón tenía mi mamá – susurro entre dientes y se quedó dormido.
La señora Sofía, era una señora joven, muy conservada, trabajaba en un consultorio como secretaria desde hacía unos diez años, su esposo había muerto y solo habían quedado ellos dos para cuidarse y apoyarse mutuamente. Se asombró de ver a su hijo acostado en el sofá, eran ya las cuatro de la tarde, cuando regresaba de su trabajo – ella trabaja de 8.30 am 1.30pm – y verlo allí, así como estaba, le dio tristeza, rabia, dolor, pero ella entendía que él mismo tenía que abrir los ojos en cualquier momento y darse cuenta que lo que ella le decía era por su bien. Ya es un adulto, se decía para sí – debe recapacitar -continuo en sus pensamientos. De pronto su hijo se despertó y la vio allí observándole.
Bendición – saludó Roberto a su madre
Dios te bendiga hijo, le respondió ella
¿Cómo te fue? Le preguntó casi en tono irónico y continuó diciéndole:
Esta vez fue más larga la celebración, un día de estos terminarás con una gastritis sangrante, prosiguió ella, con dolor de saber que estaba siendo dura, pero, prefería eso, a que su hijo se le enfermara. Roberto se limitó a escuchar y callar, por primera vez no le contestó a su madre.

Pasadas las ocho de la mañana del día martes, Roberto se presentó en la universidad, aún tenía en su mente el recuerdo de como Paola veía a Julián y los celos lo estaban matando, no quería saber nada de ellos. Iba camino a la biblioteca, cuando se encontró a Sara, una vieja amiga del colegio y del liceo, de la que no había vuelto a saber desde que ambos se graduaron de bachiller.
Se alegró al verla, había cambiado mucho físicamente, pero aún tenía esa mirada limpia y esa sonrisa sincera. – Hola – se dijeron al mismo tiempo, ¡Qué alegría volverte a ver!, se apresuró él a proseguir el saludo, ¿Qué te habías hecho?, seguía él preguntando. Ella sonreía alegremente y le contestó: Estoy estudiando veterinaria en otra ciudad, recuerda que mi padre es ejecutivo de ventas de una prestigiosa empresa y esta le ofreció una vacante en otra ciudad con mejores condiciones y el decidió que nos fuésemos para allá. Nos va muy bien allí, prosiguió.
Y, ¿entonces? ¿Qué haces aquí?, es decir, aquí en esta universidad, le preguntó intrigado Roberto
Ella respondió: Terminé semestre y me enteré que aquí van a dictar un seminario sobre el comportamiento de los perros ante una situación de ansiedad y quise aprovechar mis cortas vacaciones, para visitar a mis abuelos y hacer el seminario.
Me alegra que estés bien, y que te guste lo que estas estudiando, pero, me alegra más que hayas venido, le dijo Roberto, al mismo tiempo que le daba un fuerte abrazo. Espero verte entonces en cualquier momento, fuera y dentro de la universidad, terminó diciéndole.
Habían transcurrido varios días y Roberto y Sara se encontraron en varias oportunidades, recordaron muchos momentos compartidos y travesuras realizadas, y en su mente Roberto comparaba esos momentos con los de unos días o meses atrás y le daba tristeza ver como estuvo a punto de dañar su vida por unos jóvenes que solo lo buscaban cuando necesitaban de él .
Las vacaciones terminaron, se tuvo que despedir de Sara, ella volvería a su casa, a su rutina, y el también, pero algo había cambiado, la compañía de su amiga de la infancia y de la adolescencia le hizo renacer al joven gentil, jovial y estudioso que su madre le pedía que volviera, renació el valor de la amistad y el amor desinteresado, el que simplemente se dá por sentirse.

María C Mendoza T

Somos Luz. Macaco y La Mary

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