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«Te felicito – gritó -. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer» (Prudencio Aguilar)

Prudencio Aguilar

» Te felicito – gritó -. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer»
Con este grito, frente a todo el pueblo de Riohacha, Prudencio Aguilar, ofendía públicamente a Jose Arcadio Buendía (el patriarca de los Buendía), revelando así, que Úrsula Iguarán aún seguía virgen después de casarse con él.

(…) «José Arcadio Buendía, sereno; recogió su gallo. «Vuelvo en seguida», dijo a todos. Y luego, a Prudencio Aguilar:
 
—Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.
 
Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de su marido. «Tú serás responsable de lo que pase»; murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de tierra.
 
—Si has de parir iguanas, criaremos iguanas —dijo—. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.

Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hyasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.»

 A partir de ese momento el fantasma de Prudencio (con todo y lanza) perseguirá a Jose Arcadio hasta el fin de sus días:
«Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio y vio a Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de esparto el hueco de su garganta”.
“—Está bien, Prudencio —le dijo (José Arcadio) —. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo”.


Entonces, José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán y el fantasma impenitente de Prudencio Aguilar, vagaron entre monte y platanales, hasta fundar Macondo (los dos primeros) y encontrar finalmente a su asesino (el tercero).

(…) «Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir, José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea; confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó Ursula fue un baúl con sus ropas de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con las piezas de oro que heredó de su padre. No se trazaron un itinerario definido. Solamente procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida»

Años después, cuando ya había fundado Macondo y reinventado su historia, Jose Arcado Buendía, viejo y enfermo, lleno de delirios y fiebre, volvió a encontrarse con el fantasma de Prudencio Aguilar:

(…) «Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio —exclamó—, ¡cómo has venido a parar tan lejos!» Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de los vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigas. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en las abigarrados mapas de la muerte.»

(De Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez)

Me voy pa Macondo

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