Historia,  Opinión

La nacionalizacion del whisky. Por Miro Popic (Tomado de Prodavinci 21/01/2021)

WHISKY

La nacionalizacion del whisky

Antes de que nacionalizaran el petróleo, los venezolanos nacionalizamos el whisky. Ostentamos en una época el mayor consumo del destilado escocés en el mundo, por sobre Estados Unidos y Japón y la propia Escocia. Fue la bebida alcohólica favorita de los nuevos ricos del siglo XX y la mayor aspiración etílica de una población afortunada que pasó del campo a la ciudad abruptamente. Se crearon marcas exclusivas sólo para nosotros e inventamos maneras de servirlo y consumirlo que se transformaron en factor de identidad.

El éxito del whisky como bebida nacional está estrechamente ligado a la explotación petrolera y el paso de una economía agraria sustentada en el café y el cacao a una economía monoexportadora de combustibles. Pero su origen hay que buscarlo en los inicios de la república, incluso antes de la independencia, cuando todavía dependíamos de la corona española. Es probable que más de alguna intentona libertaria haya sido estimulada por un sorbo de auténtica malta escocesa destilada, posiblemente en el número 27 de la calle Grafton Way, en Londres, en la vieja Inglaterra, hogar del generalísimo Francisco de Miranda, por donde pasaron Simón Bolívar, Andrés Bello, Luis López Méndez, y numerosos ingleses interesados en participar en la lucha por la libertad de Hispanoamérica, a cambio de “…ventajas comerciales a la Gran Bretaña”.

Whisky liberador

Francisco de Miranda (1750-1816) debe ser el primer gran venezolano en descubrir las bondades del destilado escocés. Pasó más de la mitad de su vida viviendo en las principales ciudades europeas y norteamericanas, hablaba seis idiomas y traducía del latín y el griego. Frecuentó a los más importantes dignatarios de su época, comió y bebió en las mejores mesas, se codeó, entre otros, con Napoleón, Catalina de Rusia, Tomas Jefferson, etc., y estoy seguro de que más de algún whisky debe haber disfrutado en los muchos años que vivió en Londres, donde los periódicos de la época se refieren a él como “…un hombre ilustrado y amante de la libertad”. Debe haber brindado en 1789 con el primer ministro inglés William Pitt y lord Grenville cuando les presentó los planes para la emancipación hispanoamericana, o con su ama de llaves Sara Andrews con quien engendró dos hijos, Leandro y Francisco, o con el ministro inglés Nicolás Vansittart, a quien nombró como su albacea. O cuando en 1808 logra el apoyo militar del general Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington. Tiene que haber sido así.

También Miranda debe haber descubierto los secretos del whiskey de maíz de las recién liberadas colonias norteamericanas, en los 18 meses que vivió en ellas desde 1783, estudiando el proceso de la independencia junto a figuras como George Washington, Alexander Hamilton, Samuel Adams, Henry Knox y Gilbert M. de Lafayette. El propio Washington, primer presidente de los Estados Unidos, era productor de whiskey (*) de maíz en su granja de Mount Vernon, en Virginia. Cuando en 1805 Miranda se encuentra con el presidente Tomas Jefferson y el secretario de Estado James Madison, algún burbon debe haber sido servido al hablar de la expedición del Leander que estaba preparando.

El whisky escocés llegó a Venezuela en boca de los propios escoceses. El primero fue Gregor MacGregor, nacido en Edimburgo en 1786, quien llegó a Caracas en 1811, con el grado de coronel, para unirse a las fuerzas separatistas, donde alcanzó el grado de general de división. En 1812 fue ayudante del general Francisco de Miranda, de quien había oído en Londres, y tuvo una larga trayectorias militar y aventurera llegando a proclamarse “su Alteza Real el Príncipe Gregor I, Cacique de Poyais”. Se dice que MacGregor fue el primero en traer al país varias barricas de whisky. Se casó con Josefa Antonia Lovera, prima de Simón Bolívar, y fue sepultado con honores en la Catedral de Caracas el 3 de diciembre de 1845. Según sus biógrafos, era un hombre corpulento que “comía y bebía mucho”.

Con MacGregor deben haber brindado John Mac Kintosh, otro oficial del ejército británico al servicio del ejército de Venezuela y Colombia, y hasta el propio general Daniel Florencio O’Leary, irlandés de origen, edecán y custodio del Libertador, autor de las Memorias que nos han permitido conocer el pensamiento de Bolívar. Más de alguna batalla deben haber celebrado con whisky del bueno.

Sabores viajeros

Así como los venezolanos viajamos con ron y chocolate para recordar el sabor de la patria, varias botellas de whisky deben haber traído en sus alforjas los doscientos colonos escoceses que llegaron al puerto de La Guaira en diciembre de 1825 para instalarse en la zona Topo de Tacagua, cerca de Caracas, traídos por instrucciones del propio Bolívar como parte de un proyecto migratorio diseñado por la Columbian Agricultural Society. Cuenta Agustín Codazzi que la idea era promover el desarrollo con asentamientos ingleses en Betijoque, Catia y Aroa; alemanes en Carabobo; franceses en Maracaibo; irlandeses en Paria.

Sir Robert Ker Porter, cónsul de Gran Bretaña en La Guaira y Caracas, los visitó y escribió: “Los escoceses, pues eso son casi todos, parecen satisfechos con las perspectivas (…) están en buena salud (…) los niños son fuertes y saludables y el aire y el clima parecen prometer que así continuarán…”. Pero no todo resultó tan bello. El mismo Porter los contactó dos años después, en enero de 1827, y constató que “…los colonos andan sueltos por el mundo, ya muriéndose de hambre, ya sin oficio o borrachos, deshonrándose y deshonrando también la Gran Bretaña”. El experimento migratorio fracasó y los colonos tuvieron que abandonar el país rumbo a Canadá, gracias a una colecta a la que contribuyó Bolívar con 500 pesos. El primer escocés de esa migración nacido en Venezuela fue bautizado con el nombre de Simón y de seguro esos “meaos” los celebraron con escocés.

El whisky impreso

El primer documento escrito sobre el whisky en Venezuela es de Richard Harding Davis, un periodista de Filadelfia, Estados Unidos, quien anduvo por estos lados en 1895 cuando cubrió como corresponsal de guerra para el Evening Sun, de Nueva York, la guerra española-estadounidense que culminó con la independencia de Cuba. En uno de sus escritos, Harding Davis afirma que: “En Caracas existe una gran afición por la bebida, aun cuando los licores son excepcionalmente malos… El coñac es la bebida favorita, pero solo se vende el tipo más barato. El ron es barato y tenido en alta estima. El whiskey es un lujo muy poco común de encontrar”. ¿Se refería al popular whiskey de maíz de su tierra norteamericana, conocido también como borbón, o al afamado destilado escocés que apenas comenzaba a darse a conocer en el mundo?

Este desconocimiento del whisky en la Venezuela guzmancista lo corrobora un poema publicado en 1894 llamado “La batalla de los licores”, firmado por Pepe Castañas, seudónimo de Rafael Esteves Buroz, donde en una lista de productos y marcas aparecen: “vino, cerveza, coñac, brandy, Hennesy, Martel, Fournier, vinos de España, viudita Cliquot, liqueurs de cacao y de café, anís, ajenjo, chartreuse, ron, Carúpano, La Ceiba, Casarapa, absinthe, aguardiente, ginebra, Boulestin”. Como ven, en ninguna parte aparece mencionado el whisky. ¿Por qué? Por la simple y única razón de que el whisky escocés, a pesar de sus trescientos años de historia hasta ese momento, era un ilustre desconocido para la época, fuera de las islas británicas e incluso de la propia Gran Bretaña donde la bebida alcohólica popular era el gin.

Whisky Glenfidisch

El lento avance del whisky en el gusto nacional ascendió sobre rieles. La idea de desarrollar ferrocarriles ha estado presente en todos los gobernantes. Desde que en 1824 el ingeniero inglés Robert Stephenson fue comisionado por la Colombian Mines Association para estudiar la factibilidad de unir La Guaira con Caracas mediante un ferrocarril, la mayoría de los proyectos y su ejecución fueron desarrollados por ciudadanos británicos. Al final, el 10 de marzo de 1882, se constituyó en Londres la The La Guaira and Caracas Railway Company Limited, que logró culminar la obra inaugurada por Antonio Guzmán Blanco el 25 de julio de 1883, para celebrar el centenario del natalicio del Libertador. Muchos de los encargados de este y otros proyectos eran británicos, a quienes con toda seguridad les gustaba el whisky y deben haber sido ellos los primeros consumidores regulares de escocés. No olvidemos que para fomentar las inversiones extranjeras se ofrecían condiciones atractivas, entre ellas, “libre importación de maquinaria y equipos”, así como todo lo necesario para la culminación y operación de la obra. Según comentarios sociales, el gerente del ferrocarril inglés en Caracas, W.T. Cherry, acostumbraba tomarlo con soda.

En boca de muchos

Lo que no se anuncia no se vende. Los primeros registros de la presencia comercial de whisky en Venezuela nos vienen de la publicidad impresa en periódicos de la época. En un aviso de 1887, de la casa La Mejor, ya se anuncia oferta de whisky, y en otro de La Competidora, de 1896, en la esquina de San Francisco, en Caracas, se ofrece whisky importado a 7 reales la botella, eso sí, sin envase.

En La Causa Liberal, el 6 de julio de 1899, aparece un poema donde se lee:

“Señor Whiskey: su nombre es conocido,
Entre aquellos feroces paladines.
Que viven en los amplios botiquines
Cual si estuviera en su propio nido.
Entusiasma y alegra su apellido
A todos los burgueses malandrines.
Y lo toman á usted con malos fines
Los poetas que buscan el olvido!”

Tres años después, en 1902, en La Semana, alguien publicó sin pudor estas palabras: “Arriba el whisky y la concupiscencia refinada; abajo el aguardiente de caña y las formas groseras de la bestialidad”. Se implantó así en la prensa escrita esta rara costumbre de estar alabando o denostado en los medios las bebidas alcohólicas y las preferencias o aversiones de sus seguidores. Dentro de los cientos de escritos desarrollados en torno al whisky escocés, hay que destacar un poema de Miguel Otero Silva dedicado a su amigo Juvenal Herrera, aparecido en el semanario humorístico El Morrocoy Azul, en 1971, con el título de “Romance de los whiskys”:

“Que hombre tan rarity
llegó de etiqueta negra,
montado en caballo blanco,
con un ratón de tres filos
y de chivas ataviado.
Abrió su inmenso buchanan
de Presidente tumbado
y así le grito a los monjes:
Tomen Old Parr que yo pago,
y con antiquary estilo
pagó con un chequers raro.
Que hombre tan rarity es este!,
me dijo con grant cuidado,
le encuentro something special
de ambassador diplomático,
de Rodolfo Ballantine
o de estrella del Bells canto.
Mas le descubrí el ancestor
de King Ramson africano
al verle el color perfection
de black and white trinitario.
!Era Juvenal Herrera!
de la haig del Guarataro,
y scotish cream de El Callao.
cuarto vat 69.”

Llevado a la política, el whisky fue acusado incluso de ser protagonista en el golpe de Estado que derrocó al general Isaías Medina Angarita, dando paso a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Cuenta el historiador y ensayista José Gil Fortul que Medina Angarita, ungido como presidente para el período 1941-1946, era muy aficionado al whisky y se la pasaba en el Country Club de Caracas con los poderosos de la época. Mucho antes de que ocurriera, se atrevió a afirmar: “Medina está caído. En lugar de tomar cerveza con los oficiales de la tropa, se la pasa por el Country bebiendo whisky con la clase adinerada”. Fue derrocado el 18 de octubre de 1945.

¿Por qué tanta preocupación por un destilado tan lejano a nosotros? ¿De dónde emana su cautivadora atracción? ¿Qué tiene el whisky para ser tan poderoso?

Construcción de marca

La invención del whisky se la disputan Irlanda y Escocia. Cualquiera que haya sido, fueron los escoceses quienes capitalizaron a su favor la marca país del whisky. Ante la ausencia de uva para destilar brandy, en las frías tierras altas del norte de Gran Bretaña recurrieron a los granos de cebada malteada para hacer su propio aguardiente. Durante siglos fue un alcohol rudo, tosco, primitivo. Los cambios comenzaron a partir de 1860 cuando mejoran los procesos de destilación y se recurre al blend o mezcla, lográndose un producto menos agresivo que los antiguos alcoholes de malta, más ligero, delicado, fácil de beber y, muy importante, más económico. Su producción deja de ser artesanal y se hace industrial.

La internacionalización del whisky escocés vino desde Estados Unidos cuando en 1919 se decretó la famosa Ley Seca que prohibía la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de la Unión. Paradójicamente, esta prohibición contribuyó a hacer crecer las importaciones clandestinas ayudando al conocimiento de las bondades del whisky escocés. Superada la prohibición en 1933 y con los estragos de la Segunda Guerra Mundial, el whisky comenzó a acumularse en las bodegas escocesas generando excedentes que envejecían sin llegar a los anaqueles. El mercadeo vino al rescate de la industria con la invención del concepto de antigüedad y comenzaron a aparecer etiquetas con 12, 18 y hasta 21 años, generándose una nueva categoría, más cara y, por lo tanto, más buscada. El verdadero boom en el mundo se produjo entre los años 60 y 70 del siglo XX, cuando las exportaciones desde del Reino Unido crecieron un 400%, cifra a las que nuestro país debe haber contribuido generosamente.

Hijo del petróleo

Desde 1912 la compañía anglo-holandesa Shell, a través de la Caribbean Petroleum Company, inició actividades de exploración en Venezuela cuyo éxito se concretó el 31 de julio de 1914 con la perforación del pozo Zumaque I, en Mene Grande, en el estado Zulia. Además de petróleo, también explotó con él la pasión venezolana por el whisky escocés. La gaita escocesa se encontró con la gaita zuliana.

No es mera coincidencia que los primeros anuncios comerciales de marcas de whisky hayan comenzado por Maracaibo. Ya en 1916, en el diario Panorama, se ofrecía whisky Tres Caballos, mientras la Curaçao Trading Company anunciaba la llegada de la marca Haig. Para 1922, la importadora H.L. Boulton Jr. & Co., empresa fundada por John Boulton Towley, un inglés de Lancaster llegado al país en 1824, contaba con las marcas Black and White, King George, Glenlivet, Munro, Three Gees, y Buchanan’s. Luego se fueron sumando a esta lista la mayoría de las marcas internacionales de whisky, incluso algunas desarrolladas solo para Venezuela.

Para 1920 el whisky era un producto casi desconocido, afirma Otto Gerst en su libro Memorias e Historias, quien para la época era el encargado de la Casa Boulton en Maracaibo: “Las bebidas alcohólicas de más venta eran el aguardiente, el ron, la cerveza, el vino y el brandy. El whisky era una bebida exótica”.

La lucha por participación de mercado del whisky no fue contra el aguardiente o el ron, sino contra el alcohol de vino, brandy o coñac, producto que durante tres siglos había reinado en la mesa de los grandes señores, primero importado de España y después de Francia, cuando luego del rompimiento colonial el gusto por lo francés se fue imponiendo en las cercanías del poder. A su favor tenía su condición de producto importado, por lo tanto, superior a lo nacional de acuerdo al sentimiento de la época. Si el brandy fue la bebida favorita de los grandes cacaos, el whisky lo fue de los nuevos dueños de la riqueza del siglo XX, mayormente ingleses y norteamericanos y, por extensión, de los funcionarios, comerciantes y políticos allegados que se beneficiaban de ella.

Desde su llegada fue percibido como herramienta de estatus cuyo consumo era símbolo de prestigio al actuar como diferenciador social. Si el aguardiente de caña era una bebida eminentemente rural, el whisky se transformó en el hábito alcohólico urbano de preferencia, ejemplo de recompensa, cambio y ascenso.

Libre de resaca

Los bebedores inseguros, aquellos que deben justificar sus acciones para aliviar un sentimiento de culpa, encontraron en la bebida de sus nuevos patronos la excusa ideal para compensar sus temores e impresionar a amigos y vecinos. Los bebedores seguros, aquellos que no necesitan justificar lo que ingieren, que lo hacen simplemente porque les gusta y no lo niegan, expresaron sus preferencias a través de marcas específicas que se fueron consolidando así como por el valor del tiempo de añejamiento donde los 12 o los 18 años marcan la distinción.

Se posicionó rápidamente como una bebida positiva con efectos benéficos, que sabe bien, es aromática y suave, auténtica, de calidad. Pero sin duda la mayor ventaja fue la percepción de que su consumo no producía efectos posteriores como ocurría con otros alcoholes más densos y rudos. Dicho en venezolano, no daba ratón.

Los escoceses dicen que el whisky debe ser bebido solo o, a lo sumo, con un poco de agua, no recomiendan hielo, descartando cualquier combinación con jugos de frutas o bebidas gaseosas. No dicen nada de beberlo con agua de coco. Hacen la salvedad de que uno puede beberlo como quiera, que para eso lo ha pagado, pero me parece más una respuesta comercial que un criterio razonado.

La versión on the rocks surgió en los climas cálidos del sur de los Estados Unidos para hacer más digerible el burbon. Así deben haber comenzado a beberlo los ejecutivos ingleses y norteamericanos cuando llegaron a los campos petroleros del Zulia hasta que los zulianos inventaron hacerlo a su manera, es decir, en un vaso alto colmado de hielo con una medida de dos dedos de licor, pulgar e índice bien separados, y un poquito de agua. Una combinación simple y práctica ajustada a nuestro clima subtropical que cumple con dos requisitos fundamentales de toda bebida en ambientes calurosos: que sea refrescante e hidratante. La hidratación es absolutamente necesaria para facilitar la absorción del alcohol por el cuerpo humano y el hielo abundante lo hace fresco al paladar, agradable y relajante, sobre todo si uno lo toma…con calma.

Finalmente el whisky se incrustó en la memoria gustativa de los bebedores venezolanos y hoy, donde quiera que ustedes se encuentren, si ven a alguien en la barra de un bar revolver su trago con el dedo, pueden tener la certeza de que se trata de un venezolano.

Venezuela llegó a tener en 2008, en el momento de mayor ingreso per cápita de su historia, un consumo anual de 3.6 millones de cajas de whisky, 43.200.000 de botellas. ¿Cuántas le tocaron a usted?

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(*) Whiskey en irlandés y para designar el aguardiente de maíz norteamericano.

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Miro Popić es periodista, escritor y editor especializado en vino y gastronomía. Autor de: Comer en Venezuela, El pastel que somos, El señor de los aliños, Venezuela on the rocks, El libro del Pan de Jamón, Manual del Vino.

YO SI BEBO. Nancy Ramos

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